Por Edistio Cámere

El ciudadano, entre incrédulo e indignado, percibe las conductas incoherentes de no pocos funcionarios públicos. De algunos, espera que velen por la justicia dando a cada cual lo suyo, pero siembran la inequidad otorgando prebendas a unos a costa de despojar a otros sus legítimos derechos. De otros. aguarda que prioricen el bien común, pero su miopía los induce a hipotecar sus capacidades en favor de los intereses subalternos de los grupos que operan al margen de la ley.

Los medios de comunicación aumentan, tipifican las faltas por su gravedad y ‘sentencian’ a los culpables; proyectando, como es de suponer, una imagen generalizada de corrupción en todo el aparato estatal y en muchas instituciones de la sociedad. Palabras como ‘todos’, ‘siempre’ ‘esto nadie lo cambia’ … y otras de condición similar circulan al modo de una carrera de postas: el testigo se pasa de mano en mano; el resultado: una sombra negra parecería filtrarse en el clima de nuestro país.

La corrupción, los malos funcionarios y políticos han existido, existen, y persistentemente darán noticia de su ilícita actuación. Reconocer su presencia no predica justificación ni contemporización, por el contrario, significa entender que los controles y topes legales no extinguen por arte de magia la corrupción, pues tras la comisión de un acto delictivo hay una persona libre y responsable de sus acciones.

Un anciano, que solía pasearse al despuntar el alba por la playa, divisó a lo lejos un joven que parecía bailar entre las olas y la arena. El buen hombre se dijo para sus adentros: “Voy a acercarme a este joven que parece celebrar con tanta alegría la llegada de un nuevo día”. Apuró el paso para darle el encuentro. Al llegar, advirtió que lo que hacía era recoger estrellas de mar de la arena para devolverlas al agua. El anciano le preguntó: “Disculpa, ¿por qué haces eso?”. El joven respondió: “Cuando la marea baja, las estrellas se quedan atrapadas en la arena, yo las regreso al mar”. El anciano exclamó: “Pero eso no merece la pena, la playa es enorme y son demasiadas estrellas”. El joven entonces se inclinó, recogió una estrella, la lanzó al mar y le respondió: “pero para ésta, si mereció la pena”.

De igual modo, en la medida en que el docente se haga cargo –con ilusión y con sentido profesional– de que con su quehacer escribe en la biografía de cada alumno; que el estudiante, como persona libre e inteligente, valore que, con su saber, con su querer y su obrar recto puede dar un nuevo curso a los acontecimientos en su propio ambiente y, luego en su sociedad… valdrá la pena continuar, sin desánimo, con el esfuerzo de seguir educando a las nuevas generaciones. Es cierto que la acción educativa no deslumbra por la inmediatez de sus logros. Lo suyo es el mediano y largo plazo porque su foco son las personas a las que se llega una a una y en pequeños grupos.

Para más información, adquiere nuestra versión impresa o suscríbete a nuestra versión digital AQUÍ.

Mira más contenidos siguiéndonos en FacebookTwitter Instagram, y únete a nuestro grupo de Telegram para recibir las noticias del momento.