Italia es uno de los pocos países desarrollados con virtudes y defectos similares a los nuestros. Tuvo que soportar durante generaciones una corrupción muy bien organizada y socialmente aceptada, liderada por la Mafia siciliana y la Mano Negra napolitana. Siendo la corrupción parte del sistema, penetró cada una de las actividades de la península, manejando desde grandes licitaciones y concursos públicos, huelgas sindicales, campañas electorales, apuestas en el fútbol, hasta la solución de pequeñas controversias de vecindario. Así, hasta que los jueces conquistaron el poder de autogobernarse mediante la elección de sus delegados por voto secreto, ante el Consejo Superior de Justicia. Al no tener que pedir favores para ascender ni mantenerse en la judicatura, no tardaron en desprenderse de la corrupción.

El 17 de febrero de 1992, un empresario de Milán, cansado de pagar sobornos, se reunió con el socialista Mario Chiesa provisto de un micrófono oculto y le entregó billetes marcados. La investigación que llevó a cabo el juez Antonio Di Pietro no concluyó hasta implicar al presidente del Partido Socialista italiano, el entonces primer ministro Bettino Craxi. Una rutinaria entrega de dinero llevó a docenas de constructores a relatar desde la prisión cómo operaban las autoridades para enriquecerse, permitiendo incluso la disminución de la calidad de las obras, como bien saben los genoveses por la súbita caída del puente Morandi. El escándalo noventero fue tan grande que devoró el sistema de partidos, pues junto a los socialistas de Craxi sucumbió la Democracia Cristiana, el partido mayoritario del histórico parlamentarismo italiano, e incluso el Partido Comunista, entonces hegemónico en las elecciones municipales.

Tagentópolis significó 1,233 condenas y 429 absoluciones, y de paso, un nuevo sistema de partidos. Gracias a sus jueces, los italianos siguen siendo expresivos y amantes de la vida mediterránea; pero ahora las mafias están debilitadas; empresarios, políticos y funcionarios saben que de ser sorprendidos el castigo es ineludible. Todo parlamentarismo sustentado en un sistema electoral proporcional (elección por listas de candidatos) es políticamente inestable por el multipartidismo que produce, pero las duras experiencias han generado un novedoso sentido de responsabilidad. Acaba de asumir la jefatura de gobierno Mario Draghi, ex presidente del Banco Central Europeo; pero la noticia es que, por su plural convocatoria, el nuevo gabinete reúne a casi todos los partidos con representación parlamentaria: los populistas de 5 Estrellas, la izquierda del Democrático, la centro derecha de Forza Italia y los conservadores de Liga Norte, asumiendo todos el riesgo político que significa luchar contra la pandemia y la crisis económica.