Somos seres sentimentales. Es una afirmación personal, es cierto, pero estos tiempos nos han dado motivos para afirmar que lo somos. No aguantamos tantos días sin abrazar a nuestra familia, a nuestros padres, a nuestros hijos. Contamos los días y los marcamos en el calendario porque –así lo creemos– podemos tener el control del tiempo. Sin embargo, es el tiempo quien nos controla al intentar atraparlo, al marcar las fechas, al encerrar en un círculo los días que faltan para que termine la cuarentena. Entonces nos mira, nos desdibuja la sonrisa y nos traga.

Las llamadas no son suficientes. En realidad, nunca lo fueron. Nos mienten, y si no lo hacen, nos venden una falsa verdad, una que queremos gritar por encima de la mascarilla. No importa cuántas sean, siempre termina siendo lo mismo. En esas llamadas asumimos un abrazo que no existe, pero que creemos real para no sentirnos lejos.

Completamos nuestra ausencia con los otros, con los nuestros, con los que amamos desde lejos, incluso con aquellos que ya no están, que partieron. Y con ellos creamos esperanzas de volvernos a ver a través de espacios que no existen, pero que los hemos creado para sentirnos completos. A veces –solo a veces– los otros se vuelven hacia nosotros y nosotros hacia ellos. Nos sentimos cerca, aunque no sea verdad, y sonreímos, nos contamos las cosas que pasamos durante el día, las risas, las anécdotas, y entonces decimos, te acuerdas cuando…

Estos tiempos son muy difíciles para todos y la adversidad no solo muestra que somos sentimentales, sino que además nos hemos aferrado a no poder vivir sin ellos, sin nuestra familia. Por eso, nos cuesta tanto estos ochenta y nueve días sin abrazarlos, sin verlos desde cerca o sin poder saber que están con nosotros. Y, sobre todo, nos cuesta mucho aceptar que algunos ya se han ido.