A regañadientes, antes intentó que sus aliados del Tribunal Constitucional le aprobaran una medida cautelar que suspendiera la citación que se le había hecho para comparecer ante el Pleno del Congreso, M. Vizcarra terminó asistiendo, no sin antes amagar que enrumbaba a una región norteña y que solo acudiría su abogado.

La intervención de Vizcarra duró 14 minutos, pretendiendo que estaba allí para dar un discurso y no que había sido citado para ejercer su defensa y hacer su descargo como parte del proceso constitucional de vacancia iniciado una semana atrás.

Gran parte de esa breve deposición la dedicó a maletear a su recién despedida asistente en el despacho presidencial, eludiendo referirse al audio que verdaderamente importa pues es su voz, reconocida por él mismo y que lo pinta de cuerpo entero: dedicando su tiempo y espacio de primer mandatario, en medio de la pandemia, para imponer su experticia truculenta y poder sobre dos subordinadas, para presionarlas y dirigirlas de manera que mejor puedan alterar pruebas indiciarias, faltar a la verdad y engañar nada menos que al Congreso de la República y al Ministerio Público. Resultado: desperdicio de recursos humanos y materiales solventados con dinero público, y nada menos que en plena pandemia y grave crisis económica.

El resto de su intervención – con argumentos quizás obtenidos clandestinamente, tal como un año atrás reclamaba en infame concertación con autoridades arequipeñas para traerse abajo la autorización que acababa de dar al proyecto Tía María, lo dedicó a mencionar la pandemia para presentarla como razón de impunidad, cuando a todas luces es más bien un agravante.

El colmo vino después cuando Vizcarra dejó a su dizque abogado defensor, quien, sin embargo, arrancó diciendo que no había venido a defender al procesado ni a hablar de los hechos (ambos de seguro indefendibles) sino a disertar sobre la configuración de la presidencia de la República y de la constitucionalidad del proceso de vacancia. Es decir, pretendía estar allí para dar una charla. Tan desenfocado estuvo que confundió el proceso de vacancia por incapacidad moral permanente con el antejuicio y reclamó previa sentencia judicial condenatoria (pregunto: ¿firme o solo de primera instancia?)
Lamentablemente, el día terminó con la vacancia desaprobada.

Ante tan penoso desenlace, no puedo evitar recordar, mutatis mutandis, personajes de la tragedia mundial nacida en el setiembre negro de 1939. Sus personajes: el tirano inescrupuloso, vicioso, mentiroso, cínico (Hitler); el topo colaboracionista, cómplice, que vive de la dádiva del tirano (Quisling) y el cándido que cree que la permisividad conduce al bien (Chambelain).

¡Terrible!