Si vienes de Chile

Si vienes de Chile

No quiero pasar por alto la experiencia de haber escuchado en Lima –gracias al esfuerzo de la fundación Konrad Adenauer y el Instituto de Estudios Internacionales de la PUCP– a Carlos Peña, rector de la universidad Diego Portales de Chile y columnista del diario El Mercurio. Por supuesto, abordando la crisis que vive su país y las lecciones que deja ésta para América Latina.

Peña es un académico estructurado y claro. Como pensamos algunos, no reduce la revuelta santiaguera al ingrediente del modelo económico o a la consabida desigualdad que radica en todas las sociedades abiertas del mundo. El escenario de análisis tiene otras aristas que deben abordarse para siquiera aproximarse a su raíz compleja y perturbadora.

Ciertamente no cabe eludir lo que Peña denomina “la paradoja del bienestar”. Es decir, que estalle una protesta tan violenta en el país modelo de la modernización capitalista con indicadores ciertos de ese progreso. Como tampoco la de la desigualdad que, al legitimarse, rompe con la promesa de expansión de ese bienestar. En Chile, dice Peña, hay “desigualdades inmerecidas” que nacen de los privilegios, distintas a las “merecidas” entendidas como fruto de los esfuerzos particulares con la misma línea de base en la búsqueda de oportunidades.

Sin embargo, debe añadirse el aspecto generacional, el componente de la cultura que identifica a los jóvenes –protagonistas esenciales de la protesta– de cualquier tiempo. Los de ahora están entregados a su propia subjetividad y no se diferencian en actitud a la de, por ejemplo, París 1968: saben contra qué rebelarse, con agendas múltiples, pero no aciertan en formular respuestas viables. Algo que he tratado en un artículo anterior (“Los inconformes”, EXPRESO 27/10/2019).
Encontramos también el profundo “desanclaje de la política”, la extinción del vínculo casi automático de la posición en la estructura social con las ofertas partidarias. Ya no funciona ese esquema donde los pobres votaban por la izquierda y las clases media o alta por la derecha. La desidia mayoritaria hacia los actores políticos de todo pelaje caracteriza hoy a las naciones democráticas.

Y finalmente está la falta de movilización del Estado. Pese a que Chile fue el país que más tempranamente consolidó el aparato estatal, ahora su sociedad corre adelante del mismo.

¿Las lecciones y consecuencias? Lo más terrible es que el régimen político de América Latina tienda a consagrar populismos basados en la condena a las “élites corruptas” y que conquistan así al “pueblo virtuoso”. Se sacrificará el centro y veremos más radicalismos, de derecha e izquierda.
Culmina Peña con una buena cita de Raymond Aron: “la modernidad es una dinámica entre el progreso y la desilusión”. No tengo duda alguna de ello.