POR RAFAEL VALLEJO BULNES

Harold Bloom, uno de los críticos literarios más importantes del siglo XX, comentó alguna vez en una entrevista
que una novela o un poema –y por extensión toda pieza literaria- podían ser comparados con una mesa sobre la base
del siguiente razonamiento: una persona no compraría una mesa –independientemente del origen social, étnico o cultural de su creador, o de su orientación sexual o credo religioso- si estuviera tan mal hecha que al poco de usarla comenzara a desplomarse. Siguiendo esta lógica, a Bloom se le hacía difícil de entender cómo muchos de sus colegas –importantes profesores universitarios como él- eran capaces de justificar libros tan mal escritos y mediocres que eran el equivalente literario de esa mesa que a duras penas podía mantenerse junta, únicamente a fin de salvaguardar la “utilidad social” inherente a ellos. Para Bloom toda obra debía ser juzgada por su calidad y no por
la identidad o las buenas intenciones de su autor, por elevadas que estas fueran.

En otras palabras, criterios de naturaleza externa a la obra no pueden ni deben excusar la ausencia de méritos literarios en ella. Un libro no puede ser valorado ni justificado en tanto plataforma ideológica o política, aunque persiga la reivindicación de una minoría. A criterio del propio Bloom, no es esa la forma correcta de dar voz a los grupos tradicionalmente oprimidos. De manera análoga, el escritor argentino Jorge Luis Borges sentenció que el
único compromiso que tiene la literatura es consigo misma y que un escritor solo puede guardar absoluta fidelidad a su imaginación y sus sueños.

Matizando un poco ambas opiniones, cabría agregar que si bien la literatura debe rehuir todo propósito subalterno o panfletario, ello no obsta para que a través de sus páginas se persiga una reflexión sobre determinado asunto o problemática y se denuncien situaciones de injusticia o inequidad. Sin embargo, dicho objetivo debe estar subordinado siempre a la calidad estética de la obra y a la libertad que su autor deposita en ella. De lo contrario, se estaría reproduciendo en el terreno del arte una labor más cercana a las ciencias sociales y la política.

Como afirmó Borges, no hace falta querer ser Esopo: la literatura debe aspirar a distraer y conmover, no
a persuadir ni pontificar. Cada escritor decide cómo echar andar su obra; cómo organizarla y qué orientación dar a
su universo interno sin mantener otro compromiso que el de su propia libertad creativa.

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