Lo que el país ha venido conociendo en los últimos días confirma de inicio la amoralidad del vacado M. Vizcarra, que ya se tenía tasada cuando se declaró su incapacidad moral permanente para seguir ocupando el cargo de presidente de la República, al que accedió de manera accesitaria y como integrante de la plancha presidencial de P.P.Kuczynski y luego de que éste renunciara al conocerse graves indicios de corrupción.

Las recientes noticias, sin embargo, van aún más allá y desnudan que la amoralidad del mencionado M. Vizcarra no tiene límite alguno.

El Perú hoy vive una situación de espanto en la que, a causa del Covid, cada día pierden la vida valiosas y amadas personas, incluso en plena juventud. Muchas de esas víctimas fallecen sin lograr siquiera la oportunidad de obtener una cama UCI o en su defecto un balón de oxígeno, que hasta pueden tenerlo pero no logran conseguir que sea llenado con el necesario elemento químico.

Hasta para el observador más independiente, que conozca lo actuado por el gobierno en relación a la pandemia de Covid, es más que evidente que ha habido serias deficiencias, retardo y hasta corrupción en el manejo de la emergencia. No en vano hemos sido durante varias semanas el país con el triste record mundial de más muertos por millón de personas y seremos uno de los últimos países, acaso el último, en conseguir la vacunación de sus habitantes.

Sin embargo, emerge del hoyo en que nuestro país se encuentra, una miasma o efluvio maligno, que demuestra que al vacado M. Vizcarra poco o nada le importaba la Nación a la que como presidente de la República él encarnaba.

Su vacunación, la de su esposa y familiares directos hoy conocidos y cuántos más por conocer, realizada en forma clandestina en octubre pasado, a partir de dosis de un lote distinto al que se recibió para una campaña de experimentación y cuando se estaba negociando con ese proveedores una compra mil millonaria en dólares, sumada a los obstáculos puestos a otras alternativas, públicamente más baratas y hasta de mayor efectividad proyectada, revela una frialdad inaudita, ya que, además, Vizcarra salía todos los días a dar sus conferencias de prensa parametradas y llenas de balbuceos intrascendentes mientras se guardaba tamaña información. Sin duda, sabía de lo perverso y presuntamente delictivo de lo ocurrido, de otro modo no tiene otra explicación el ocultamiento.

El Congreso y la Fiscalía deben investigar y eventualmente permitir castigar, cada uno en su ámbito, este episodio vergonzoso de nuestra vida nacional.