Para los efectos de conmemorar el bicentenario de nuestra independencia, no hemos tenido mayor aprensión con el objetivo de prepararnos anticipadamente. En setiembre de 2016, el Congreso dio nacimiento a una Comisión Especial Multipartidaria y recién el 2018, el Poder Ejecutivo tomó cartas en el asunto creando el Proyecto Especial Bicentenario de la Independencia del Perú, adscrito a la presidencia del Consejo de Ministros. Y el año pasado, este proyecto pasó a depender del Ministerio de Cultura, en una demostración cabal de cómo nuestras autoridades condenaban a la irrelevancia la dimensión del acontecimiento.

Quizás esta aparente desatención fue premeditada y agorera. Nada hay que celebrar. Y nada celebraremos en medio de este clima de inminente guerra civil donde nos hundimos paso a paso. Y muy poco conmemoraremos pues los pasivos institucionales de esta falsa república que vivimos son más grandes que los activos emocionales. Activos que pueden convertirnos en la mejor barra de un mundial de fútbol, llorar juntos entonando “Contigo Perú”, participar con fervor en las procesiones católicas y siendo mayoritariamente cordiales con el visitante extranjero. Punto final.
A fuerza de majadería, reitero: “Lo peor de todo es que el bicentenario nos sorprenderá además en el centro de una pandemia todavía incontrolable y unas elecciones generales de pronóstico escabroso. No hay que ser un pesimista consuetudinario para augurar que se nos viene un elenco político tan nocivo como el covid-19. Un presidente-caudillo junto a un Congreso fraccionado y muy enraizado en los intereses fácticos que dominan –y dominarán– la agenda del próximo quinquenio. Me temo que nos aproximamos a un ciclo rupturista, indeseable, pletórico de incertidumbres donde no calzarán las líneas paralelas de la política y la economía” (revista COCKTAIL N° 31, agosto 2020).

Es virtud del gobierno de Francisco Sagasti haber superado (a trompicones, pero con cierta eficacia) la herencia negligente y asesina de Martín Vizcarra en materia de lucha contra la pandemia, especialmente el ángulo de la adquisición de las vacunas. Pero fue su defecto carecer de visión sobre las bases que debía dejar siquiera para orientar bien al ciudadano en torno a los 200 años. No serán las bombardas a reventarse la víspera del 28 de julio, ni los cantos vernaculares dispuestos a nivel nacional. Ahora que nos ahoga Bizancio – repitiendo el verso de Vallejo – el reto era el único balance fatal y dramáticamente cierto: no somos república, no somos ahora un país viable, no somos democracia.

Gracioso es repetir el sonoro himno patrio que no debemos faltar al voto solemne elevado al eterno, so pena de negar las luces del sol. Esas luces, muy doloroso decirlo, se han apagado por tiempo indefinido. (Edición de artículo publicado en la revista COCKTAIL N° 42).