Empezó febrero y el Perú todavía no tiene vacunas, a diferencia de varios de nuestros vecinos que ya empezaron el proceso de inmunización de sus ciudadanos. Pero lo que sí tenemos otra vez es una absurda cuarentena, esta vez con un toque de queda que empieza a las seis de la tarde en pleno verano. Como si la inmensa mayoría de peruanos tuviera amplias viviendas, bien ventiladas, con piscina y aire acondicionado.

El asunto es que el confinamiento al que Martín Vizcarra y su desastroso Gobierno sometieron al Perú durante meses fue un rotundo fracaso, como era previsible desde el principio. Tuvimos la más alta proporción de muertos a consecuencia de la pandemia en el mundo entero y una de las peores caídas del PBI, que se tradujo en millones de desempleados y familias que cayeron en la pobreza.

Las causas de ese fracaso son las mismas que harán que la cuarentena actual naufrague. El confinamiento es eficaz solo si se realizan masivamente pruebas moleculares que permiten detectar y aislar a los infectados. Y es útil si se emplea el tiempo para ampliar significativamente la capacidad de atención del sistema de salud, de tal manera que pueda acoger al creciente número de contagiados.

El Gobierno de Vizcarra no hizo eso y el de Francisco Sagasti, tan o más incompetente que el anterior, tampoco lo está haciendo.

El año pasado, la coalición vizcarrista –políticos, medios de comunicación, ONGs, periodistas, analistas, etc.- jugó un papel decisivo apoyando al Gobierno, encubriendo su pésimo desempeño y posibilitando que siguiera gestionando desastrosamente la crisis. Como señalé en esta columna a menos de una semana de iniciada la larguísima cuarentena:
“Otro aspecto característico de la actual crisis es la explosión de sobonería al presidente y al gobierno –alguna rentada y otra espontánea-, que ha estallado en medios y redes. (…) En realidad el costo de aceptar a ciegas todo lo que dispone el gobierno es alto, porque los errores se pagan y, como siempre, los que suelen hacerlo son los ciudadanos y no los gobernantes.” (“El Comercio”, 21/3/20).

Un aspecto distinto de la situación hoy -aunque básicamente la misma coalición apoya a Sagasti y se beneficia de las prebendas que distribuye-, es que no todos aceptan sumisamente sus dictados y hay quienes los desafían. Incluso algunos de sus cofrades esbozan tímidas críticas.

Pero lo más importante es que muchos informales y familias que viven al día, que han sido brutalmente golpeados por la crisis, no aguantarán otro encierro y saldrán a buscar el sustento. Ni las amenazas ni los “centros de detención temporal” los contendrán.

Es suma, el Gobierno exige enormes sacrificios a la población pero ellos no hacen su parte, expandir la capacidad del sistema de salud y vacunar masivamente a los peruanos. Deben rectificar de inmediato su equivocada política.