Apenas me queda la opción de ratificar todo lo dicho en mi columna anterior respecto a la naturaleza de nuestra crisis de Estado, donde los escenarios de búsqueda y consecución de los mínimos acuerdos se desvanecen, triunfan quienes imponen y todo eso petrifica a la verdadera reforma política en el campo de los deseos sin vasos comunicantes hacia la realidad (“El pacto lejano”, 05 de julio).

Ese mismo día, como se sabe, el Congreso dio una lección de banalidad colectiva compitiendo con el presidente Martín Vizcarra en urgencias demagógicas. Horas antes, Vizcarra había anunciado una írrita convocatoria a referéndum por lo del retiro de la inmunidad parlamentaria (algo ajeno a su competencia antes de agotarse la vía parlamentaria). En reciprocidad, el Legislativo aprobó cinco reformas constitucionales cancelando las prerrogativas de protección legal por la adopción de sus decisiones a diversos altos funcionarios.

Una emulación barata de “Esto es guerra” o “Combate” donde resultaría entonces que la llamada Televisión Basura es una Biblia para la mayoría de nuestros personajes públicos, una bitácora de cómo hacer que prevalezca el músculo antes que el cerebro.

Luego han venido los golpes de pecho, las invocaciones a la prudencia, el encuentro del Consejo de Estado. Esfuerzos de maquillaje a un ridículo ya consumado junto a la buena voluntad de procurar diálogos constructivos. Una película que ya vimos muchas veces sin efectos prácticos, comprometidos ni saludables.

Y esta semana se volverá a la carga con el estudio de los temas pendientes para esa reforma política. Entre ellos está el debate de la inscripción de nuevos partidos con pretensiones de participar en los comicios generales del 2021. Quiere decir que, a las 24 agrupaciones con inscripción vigente en el Registro de Organizaciones Políticas del Jurado Nacional de Elecciones, se sumarán otras. No sabemos cuántas, pero quizás alcanzarán la meseta (no prolongada ni irregular) de la treintena.

Con ese número de opciones y un electorado mayoritariamente entumecido por el efecto del COVID-19, pensando más en la supervivencia del día siguiente que en el panorama político de los próximos 5 años, exonerado de la fe en los protagonistas que primero entusiasman y luego desilusionan, no tendremos más de los mismo. Tendremos algo peor de lo mismo.

Porque sin pandemia, ya vimos la respuesta ciudadana al desafío de construir un elenco de representación estimable. Es este Congreso que, igual a los anteriores y en degradé durante 20 años, se comporta como aquellos migrantes que se casan con una persona nativa del país donde quiere desarrollar su vida para divorciarse en menos de un mes.

Reitero: estamos anclados en un sistema electoral y político pervertido del cual todavía no saldremos en el próximo quinquenio.