Por supuesto no nos referimos a la categoría filosófica sino al peliagudo punto en que se halla la definición del cómputo nacional y proclamación por el JNE del nuevo Presidente de la República. De acuerdo con la contabilización de la ONPE el candidato Castillo lleva la delantera por alrededor de 40,000 votos a Keiko III pero a nivel de la jurisdicción electoral existen pendientes suficientes actas electorales impugnadas u observadas y pedidos de nulidad por presunto fraude perpetrado en las mesas cuya resolución podría modificar el resultado final e impide la proclamación oficial del ganador hasta que culmine la revisión del último sufragio. Entre tanto, el país se encuentra en ascuas –por no decir peruanísticamente en pindinga- y con movilizaciones, marchas y plantones de los simpatizantes de uno y otro lado que aumentan el riesgo de una conmoción social o algo peor.
La duda sobre la limpieza del proceso electoral está instalada y, si bien la Constitución únicamente prevé la nulidad parcial o total de las elecciones por dos supuestos jurídicos que no se han producido, lo cierto es que los fundados indicios de fraude en centenares de mesas electorales exigen que el JNE delibere y decida sobre los mismos en su totalidad sin excluir un voto. Todas las nulidades presentadas dentro del plazo legal de tres días no pueden ser invalidadas formalmente porque ingresaron después de las ocho de la noche de la fecha límite cuando el procedimiento establecido es no presencial sino virtual y verificable en línea y no a través de mesa de parte que sí justificaría una hora hábil. El acto electoral no es puramente administrativo y la garantía constitucional de que se asegure el absoluto respeto de la voluntad popular prima por sobre todo. Si no es así, no hay legitimidad ni proclamación que valga. El JNE tiene la palabra. ¡AMÉN!

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