Al presidente, las encuestas y su soberbia no le permiten ver qué pasa delante y detrás suyo. En este trance el mandatario no pudo analizar correctamente las señales que le venía enviando “su Congreso”, ni tampoco previó que sus fieles aliados le iban a dar la espalda negándole la confianza a Pedro Cateriano.

La soberbia nunca es buena, afecta la visión del entorno, disminuye la capacidad de escuchar, síntomas que vienen acompañados de significativa pérdida de reflejos.

Cuando el nuevo Congreso se instaló, un presidente con gran apoyo popular, pero sin bancada ni voceros, pudo aprovechar el nuevo momento mostrando una actitud conciliadora, comprometiéndolos a trabajar juntos proyectos e iniciativas, en común, importantes para el país. Tener a la mayoría del Congreso como aliado habría fortalecido su posición y lo hubiese ayudado a enfrentar la pandemia. Sin embargo, su afán de protagonismo pudo más y prefirió no tomarlo en cuenta.

Vizcarra, embriagado por su popularidad, creyó tener la adhesión de muchos en el nuevo Congreso, además del Partido Morado, tenía a los nuevos congresistas de AP y Somos Perú, quienes se esmeraban por complacerlo. También eran evidentes los forzados e interesados coqueteos de APP, el partido de los Acuña y de Podemos Perú de Luna Gálvez. También creyó que sin hacer nada el Frepap lo iba seguir como a un mesías. Pero nunca imaginó, ni en el mejor de sus sueños, tener el voto libre y responsable de Fuerza Popular.

La decepción debe haber sido grande para Vizcarra, “padre del Congreso” ver la traición de sus insurrectos “hijos”. Lo refleja al decir en tono amenazante a los partidos de los “educadores” que “la reforma universitaria no se negocia”. La soberbia no le permite ver, ni mucho menos entender, que él es el gran responsable de lo sucedido al elegir a Cateriano, sabiendo que era un político resistido y muy vinculado a los Humala. Si sólo hubiera escuchado las voces que le decían que en su discurso a la Nación pusiera la verdad por delante, sincerando las cifras de contagios y muertos, reconociendo con un poquito de humildad sus errores y que dejara de magnificar sus magros logros. Quizá esto pudo haber cambiado el resultado. Lamentablemente su soberbia no lo dejó ver, ni escuchar, hasta que muchos votos rojos y amarillos fueron apareciendo en la pantalla del Congreso anunciando su derrota.

Ahora, enfrenta el difícil reto de armar un nuevo gabinete. Los buenos profesionales lo pensarán mucho antes de aceptar un cargo, entonces vendrán más de los mismos, de esos que le gustan al Presidente, que hablen poco y aplaudan mucho.

Mientras tanto el Presidente pasará su último año frente al espejo haciéndole preguntas incómodas, arriesgándose a que éste le diga que no es el mejor.

Luis Otoya Trelles-@luchootoya