El genial Sartori escribió que “la legitimidad democrática postula que el poder proviene del pueblo, es decir que se basa en el consentimiento verificado (no presunto) de los ciudadanos (…) en las democracias el poder es legitimado por elecciones libres y recurrentes”. Pero también existe la legitimidad sustentada en la fuerza, que permite al jefe guerrero liderar a la tribu; la espiritual, por la que el Inca vincula a los súbditos con sus dioses; y la carismática, que se sustenta en la conexión entre las emociones de la masa con los gestos del líder. El poder se puede conquistar por muchas formas, pero solo se conserva con legitimidad, por lo que constituye uno de los grandes conceptos de la ciencia política.

Deutsch nos muestra que, así como la legitimidad se puede obtener por origen, también se puede conseguir mediante procedimientos o, mejor aún, por resultados. Los asesores de Vizcarra, al no poder exhibir logros, lo hicieron fuerte en intenciones, de forma que cada mes aparecía con un nuevo propósito y con él, un conjunto de frases y gestos destinados a convencer a los televidentes de que aquel caudillo regional, ducho en las mañas de constructores y adendas, era la persona honesta y bien intencionada que la crisis requería. En toda democracia, es la oposición la obligada a exponer las debilidades conceptuales y fácticas del gobernante, ese es su rol, pero había sido aniquilada durante la guerra política de 2016-2019.

La política aborrece el vacío, los espacios libres siempre son cubiertos. Vizcarra gobernaba sin partido político ni grupo parlamentario oficial, pero sí con gran parte de los medios de comunicación, poderosas ONG y un sector del Ministerio Público. Ante las reiteradas denuncias por posibles delitos, pierde ese apoyo pero no el de la opinión pública, aún adormecida por la fidelidad de algunos conductores de TV que, como la guardia imperial en Waterloo, se consumieron defendiendo hasta el absurdo a su Napoleón moqueguano. Así, un Congreso suplente, integrado por inexpertos personajes y caracterizado por un extraño afán de transcender mediante leyes populistas y demagógicas, se apresuró en vacar a un presidente políticamente poderoso aún.

Hay legalidad en la actuación del Congreso, pues la regla de la vacancia por incapacidad moral permanente está vigente en nuestro sistema jurídico, además, las leyes y decisiones de la única Cámara que tenemos gozan de presunción de constitucionalidad que el TC no pudo arrebatar, pero ante la ciudadanía la disparidad de imagen era insostenible. La política sigue siendo el arte de lo posible.