Sobre zombis y demonios

Sobre zombis y demonios

En 1968, George Romero estrenó La noche de los muertos vivientes. Una película a blanco y negro, lenta, que inicia con una pareja de hermanos que conduce hacia un cementerio, fuera de la ciudad. Llevan flores a la tumba de su madre. De pronto, aparece un hombre, camina como ebrio. Se violenta contra ella. El hermano, por defenderla, recibe un mal golpe y fallece. Ella se aterroriza. Grita. Pierde el control. Sube al auto y a los pocos segundos golpea un árbol. Deja el carro. El aparente borracho la sigue. Los zombis de este primer Romero aún no tienen la piel podrida. Su fortaleza física no es mayor muertos que vivos. No son rápidos. Sin embargo, en el espectador, con esa simpleza y un presupuesto diminuto, logra producir angustia, ansiedad. A ella se le sumarán otras personas que también huyen de los zombis. Se protegen dentro de una casa en medio del campo. Alrededor de la casa, aumenta la cantidad de muertos vivientes.

Clive Barker, en 1987, estrenó Hellraiser. Esta historia, a diferencia de La noche de los muertos vivientes, sucede en la ciudad. Pero esto no es preciso. En realidad la historia inicia cuando el señor Cotton adquiere un cubo en algún lugar innombrado, tal vez, algún pueblo de la India. El señor Cotton busca el cubo porque quiere el máximo placer. Vuelve a Estados Unidos. En su casa, iniciará un ritual que libera a los cenobitas. Barker pareciera decir que el placer está en el dolor.

Filmadas con mínimos presupuestos y actuaciones apenas aceptables, despiertan el interés por lo que estas películas de terror y tantas otras implican. El ser humano le teme a lo desconocido, asegura el conocimiento popular. Y si eso desconocido está a unos cuantos kilómetros fuera de la ciudad o en la práctica de un ritual pagano en el sótano del vecinos, entonces despierta la idea de que el mundo aún mantiene terribles secretos y que la fortaleza de la civilización es solo una apariencia.