El gran naturalista inglés Charles Darwin, uno de los científicos más influyentes de la historia, acuñó la frase “supervivencia de los más aptos”. Fue el resultado de un viaje alrededor del mundo emprendido a mediados del siglo XIX en una nave británica llamada Beagle, cuyo nombre está perennizado en un canal natural ubicado en el extremo sur de la isla Tierra de Fuego, que divide el territorio chileno del argentino. Ese canal pudo ser el escenario de un conflicto fratricida entre los dos países, que no llegó a realizarse por la oportuna intervención del Papa Juan Pablo II. Podríamos considerar que esa acción de paz fue una expresión de la “supervivencia de los más aptos” ejecutada mediante una providencial iniciativa del Sumo Pontífice.
Según Wikipedia, Darwin propuso una teoría de evolución biológica basada en la selección natural de los mejores, dentro de la idea que las especies cambian con el tiempo dando origen a nuevas especies más perfectas o resistentes que las anteriores. Esta proposición se refiere a los aspectos biológicos de la naturaleza excluyendo a los seres humanos en el ámbito moral. Los hombres según la doctrina cristiana somos hijos de Dios iguales en dignidad y en derechos fundamentales. Las teorías vigentes del Estado se sustentan en esa base ética y jurídica al margen de cualquier creencia religiosa o científica. El Derecho Internacional Público sobre los Estados soberanos, así como la Teoría del Derecho Constitucional en la defensa de la persona humana, parten de esos pilares.
Eso no significa que los seres humanos seamos iguales en habilidades y conocimientos. La diferencia por sexo o género, nos lleva por caminos distintos, que unen y separan a la vez. De la unión sale la perpetuación de la especie humana y de la armoniosa separación, la actividad humana intelectual y laboral, así como todas las manifestaciones de la cultura. Una de ellas es la democracia política sustentada en el voto que legitima a los Estados y sus gobiernos. La igualdad en el voto genera un piso común pero el talento y el mérito individual o colectivo nos eleva a un techo al que nos aproximamos desigualmente. En eso consiste la meritocracia. La democracia reúne ambos elementos y se trastoca si no respetamos ciertos principios mínimos de la capacidad humana.
Hoy lo vemos, entre otros aspectos, en la desigual composición del Poder Ejecutivo cuya principal tarea es resolver los problemas más apremiantes del Perú. El Presidente Castillo no es el mejor orador del mundo, tal como lo hemos visto en algunas de sus recientes intervenciones en el exterior. Pero si escoge a las personas más capacitadas su gobierno tendrá éxito. En caso contrario, como parece ser en muchos casos, no sobreviremos en democracia y el Perú caerá bajo la supervivencia de los ineptos. Decida usted, Presidente Castillo.

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