Por Jaime Reyes León

Con quejas, con magulladuras propias de una institución dinámica, con muchos olvidos a veces, mal pagados otras, pero el mismo de Cáceres, el mismo Ejército de Bolognesi de Valer y Jiménez, el mismo que sale ante las grandes desgracias naturales o humanas, tal vez mal pertrechado o con novísima tecnología adquirida de “gobierno a gobierno” a ayudar a su prójimo y aunque sólo sea con su corazón y su valor a toda prueba, ahí está el soldado de mi Ejército …

Tal vez sea de la costa, sierra o selva, pero está ahí un Juan Pérez, un Telésforo Mamani o un Atanacio Arcaviri, respaldando con su peruanísimo apellido y con total entrega, la acción que le dará el orgullo de decir yo soy o yo fui de mi Ejército, carajo…

En ese día de valores y principios, poco importa la política y sus trastocados intereses que no lo dejaron ejercer su derecho a sufragio en las últimas elecciones, el soldado de mi Ejército igual formó para rendir honores al gobierno elegido.

Y cómo no amar a esa segunda piel que nos uniforma e identifica, como no besar emocionados esa tela bicolor bendita que acogió nuestras aspiraciones de servir con el camuflado de combate en una institución tan digna como nuestro Ejército del Perú.

Alguien tal vez profano, comparó la iglesia y el sacerdocio, con nuestra identificación “eco papa” y dijo: tenemos lealtad a toda prueba y somos ecuménicos como la iglesia, porque no sólo un cuartel o local de parroquia nos une, llevamos una definida unión interior que nos hace familia unida y fuerte para afrontar el peligro, venga de donde venga.

Y somos sacerdocio, porque tenemos mística de servicio y esta mortaja que llevamos dentro y que será la última vestidura en la hora sublime del sacrificio, nos acompañará toda la vida.

Nuestro glorioso Ejército, tal vez no necesita canciones de grandes compositores, porque las canciones y la alegría la hacemos todos los días corriendo extensas distancias, trepando cerros, cruzando ríos, preparándonos para enfrentar al artero enemigo interno o externo de la Patria.

Y lo hacemos con mística, con alegría, algunas veces cantando nuestras canciones de guerra, otras elevando oraciones a los que ofrendaron su vida por la democracia y la Patria a la que servimos con entrega y amor.

Este Ejército que integra a todas las sangres del Perú profundo, lo mueve un corazón rojo y blanco con latidos de grandeza telúrica de los Andes y la fuerza del temblor y el terremoto.

De ese Ejército, renacerá un día cercano la tenacidad y vehemencia de Cáceres, el estoicismo y heroicidad de Bolognesi y la fiereza de los miles de Valer y Jiménez, para acabar y esta vez para siempre, con el senderismo asesino y sus trasnochadas ideologías totalitarias, amén.

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