A esas horas del domingo, mientras íbamos a votar y el sol nos daba en el rostro, los candidatos esperaban confirmar si las encuestas decían la verdad. Cierto, la verdad, esa palabra que se torna compleja o, aunque parezca paradójico, hasta inverosímil. Entonces, en medio de la reflexión, para quienes quieren llegar al poder, surgen dos opciones: o están tan preocupados por los que estén haciendo los otros o, simplemente, los demás no existen. En este último camino -alentador y, seguramente, con proyección- las encuestas no importan a menos que les favorezcan y les permitan saborear la victoria. No existen, así de simple. Nada existe, finalmente. La existencia entonces se vuelve solo hacia ellos, para su propia mirada, pero siempre de forma individual, egoísta y hasta perturbadora.
En estas últimas semanas los escenarios se han movido mucho. Todo tipo de escenario, por cierto. Las encuestas mismas se movieron demasiado y desembocaron en resultados inesperados. Sin embargo, ya sabemos que no hay que creer mucho en ellas. Las encuestas, de ser ciertas, solo terminan siendo una foto del momento, pero ya nos han demostrado que muchas veces no van más allá de la intención real. El escenario político es mucho más que esos números, aunque, lamentablemente, muchos electores hayan hecho de esas cifras el camino para la elección de último minuto. Y esos, precisamente, son los que no entienden de derechas ni de izquierdas, ni, por último, de centros, si acaso existen o existieron alguna vez. Esos electores, finalmente, son los que han caído en el mismo escenario que los candidatos: la negación de los otros.
Si un candidato cree en las encuestas solo está afirmando su negación de los otros. Y es que, efectivamente, solo creerá en ellas cuando le favorecen. Si el resultado es adverso, simplemente no lo hará. No existe otra posibilidad de imaginar una fotografía como un evento que le augure una victoria posterior. Todo resulta muy confuso, incluso para quienes sí existen y tienen clara su decisión. Sin embargo, pocos o nadie se han puesto a pensar en ese elector que no le interesa las izquierdas ni las derechas ni los centros. El voto blanco o viciado, que también niega, es