Solo 12 centavos por persona para combatir la trata

Solo 12 centavos por persona para combatir la trata

La indignación corrió por las redes sociales el viernes por la mañana, cuando se difundió la noticia de la aparición, sin su bebé, de una mujer desaparecida días atrás, quien estaba a punto de dar a luz. Todos exigían que se encontrase a la criatura. Muchos, muy rápidamente interiorizamos que el hecho podría estar relacionado a una red de trata de personas. Estoy convencido de que nadie en el Perú empezó ese viernes con alegría, sino que más bien una especie de letargo y tristeza nos apabulló, nos preguntábamos si en verdad este mundo era tan terrible.
Las contradicciones que vinieron luego devolvieron a todos el alma al cuerpo, pues la posibilidad de que se tratara de una mentira era lo mejor que hubiese podido ocurrir.
Esto, aunque anecdótico (hasta que se resuelva el caso), debería llevarnos a reflexionar sobre por qué asumimos con tanta facilidad que nos enfrentábamos a una red de trata de personas, la cual había tenido la capacidad de secuestrar a una mujer a punto de dar a luz e inducirla al parto para robarle a su bebé.
La respuesta lógica es porque sabemos, a pesar de que intentemos no verlo, que la trata de personas está frente a nuestras narices. Puede tener muchos objetivos: la explotación laboral, la explotación sexual, el tráfico de órganos, la venta de menores, entre otros. Es considerada la esclavitud moderna, genera secuelas difíciles de superar en las víctimas y en sus familias, y es muy complicada de combatir por diversos motivos, como su facilidad para mimetizarse con el tráfico de migrantes y otras actividades ilícitas como el proxenetismo.
El caso del comercio sexual en el distrito limeño de Lince es un ejemplo de lo complicado del asunto, la cantidad de trabajadoras sexuales en zonas específicas y el incremento de la violencia relacionado a este negocio, evidencian condiciones de precariedad fácilmente vinculables al fenómeno de la trata.
Se debe considerar que muchas de estas trabajadoras sexuales son extranjeras, quienes han huido de sus países de origen en condiciones vulnerables, lo cual facilita que terminen en redes de trata para explotación sexual.
Pero la trata no involucra necesariamente que las víctimas crucen fronteras. En la mayoría de los casos las víctimas no salen de su país de origen, como sucede con la explotación sexual y laboral de menores de edad en diversas partes de la selva peruana donde se explotan recursos ilegalmente.
Son las condiciones de precariedad y de ausencia del Estado las que facilitan el comercio humano, las que brindan una coraza de impunidad a quienes lo practican.
Lamentablemente, según la Defensoría del Pueblo, del 2015 al 2021, el Estado peruano pasó de invertir S/ 0.43 a S/ 0.12 por persona para combatir la trata; en total, se pasó de invertir 14 millones a tan solo 10 millones de soles al año, en plena pandemia, contexto que, sumado a la crisis política e institucional, ha impactado en el efecto criminal de la trata de personas, que incluso se ha adaptado a los entornos digitales como medio para captar víctimas, aprovechándose de las vulnerabilidades laborales, económicas y emocionales derivadas del encierro.
Es increíble que en pleno siglo XXI sigamos intentando luchar contra la esclavitud sin resultados contundentes, pero resulta urgente considerar este problema una prioridad desde las políticas públicas, para así encontrar los mecanismos que permitan combatirlo.
La asignación de recursos y el fortalecimiento de las instituciones encargadas de combatirlo son un inicio, pero se debe también fortalecer su rechazo desde la educación básica y superior, facilitar y fomentar las denuncias, y trabajar con actores clave, que podrían contribuir a detectar situaciones de trata: trabajadores del sector turismo, conductores de buses interprovinciales, taxistas, entre otros.

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