La primera vez que me paré al frente del salón y tuve miedo fue cuando mi maestra de primaria me ridiculizó porque no sabía leer. Lo recuerdo bien. Y es que en realidad sí sabía leer, solo que casi siempre me trababa con algunas letras y yo solo quería aprender.

Entonces me nublaba, respiraba profundo, como me había enseñado mamá cada vez que me ponía nervioso, y volvía a respirar para imaginarme que estaba en casa, tranquilo, y no en medio de esa lluvia de risas que me señalaban gracias a la maestra que se reía junto a todos esos niños. Esa vez, mientras lloraba encerrado en el baño, juré que jamás me iba a parar en frente del salón y, sobre todo, que jamás sería profesor porque odiaba leer.

La segunda vez que me paré al frente del salón y tuve miedo fue la primera vez que hice una clase modelo para trabajar como profesor. Tenía 18 años, estaba en tercer ciclo de Literatura y jamás había pensado tocar la puerta de un colegio, pero ahí estaba, frente a varios profesores y frente a la directora, mientras se me caía la tiza, me manchaba el pantalón y trataba de respirar profundo para no volverme a trabar. El escenario era similar al de la primaria, pero ellos no se rieron. La directora me dijo que tenía muchos errores, pero que me daría la oportunidad, una que le recordé y agradecí casi diez años después cuando regresé a ese pequeño colegio que ya se desmoronaba por falta de alumnos. Esa directora debió ser la maestra que necesité en la primaria cuando comencé a odiar las letras.

Esa maestra es la responsable de que hoy, muchos años después, haya aprendido a amar esta profesión tan golpeada, para encaminar a muchas personas que, más allá de las risas, solo quieren aprender.