Cuando Abimael Guzmán propuso, luego de caer en manos enemigas, una “solución política a los problemas derivados de la guerra” no se equivocó ni un ápice. Esta semana se cumplen veintinueve años de su captura, aquel 12 de septiembre de 1992 y tenemos a Sendero Luminoso en Palacio gobernando en alianza con el castrismo. Hay gente de derecha que no quiere ver esto, que se indigna, espanta o se rebela, pero nada de eso hará cambiar la realidad de que por medio de una solución política -las urnas y un triunfo electoral- el Perú tenga hoy un presidente y un gobierno senderista. Los enemigos del gobierno de Sendero Luminoso no son legión. Están principalmente en Lima y un sector de la costa, mayormente desorganizados, sin liderazgo político, aunque con muchos ímpetus en algunos canales de televisión, donde se han dado cita todos aquellos que vociferan sin ton ni son contra el comunismo y el terrorismo. Habría que acotar que Sendero Luminoso no estaría en Palacio si no fuera porque abandonó el terrorismo. Fueron las propias bombas de Sendero las que acabaron con Guzmán y su camarilla maoísta, con un país mayoritariamente en contra. Pero hoy las cosas han cambiado precisamente porque Guzmán se dio cuenta de que las bombas fueron su peor error, tan es así que sin ninguna bomba en 29 años han llegado por fin al poder. La derecha más recalcitrante está fuera de foco, y lo dice alguien de derecha sin medias tintas. Algunos siguen con el cuento del fraude; otros tratando de sacar plata a río revuelto. Algunos más locos van por la vacancia y hasta por el magnicidio. Bullshit. Las cosas son como siguen: Sendero Luminoso es para los millennials que hoy son la mayoría de los votantes y la PEA como el pierolismo o el cacerismo para algún peruano de la mitad del siglo XX. En el interior del país, sobre todo en el centro y el sur, la población ha reivindicado a Sendero Luminoso con su voto (no porque crea en su doctrina la cual ni entienden ni le importa un bledo, sino más bien porque están hasta la coronilla del viejo orden limeño). Además, ese sector del país comulga perfectamente con la idiosincrasia cultural que hoy habita en palacio y los ministerios de Perú Libre: misóginos, machistas, homofóbicos y con un historial de violencia arraigada desde el prehispanismo, además del profundo resentimiento hacia la capital del país. Uno se pregunta qué espera Pedro Castillo para trasladarse a campo amigo en vez de quedarse a gobernar en Lima donde está el bastión de la oposición más radical a su gobierno. Que como Guzmán dice, existen problemas políticos derivados de la guerra es tan cierto como que quienes gobernaban entonces como Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos están, como Guzmán, en la misma condición: tras las rejas. ¿Cómo puede ser que Guzmán, Fujimori y Montesinos estén en el mismo saco? Precisamente porque no se han solucionado los problemas a los que alude Guzmán. De esto se sigue que hoy con Sendero en el poder, es lo lógico, conveniente y razonable, diríamos de sentido común, que la oposición negocie políticamente una solución con Sendero. Habrá, sin duda, chilla en Lima y la costa norte, mientras en el sur y el centro será respaldado el presidente de Sendero. ¿Cuál será el primer punto a negociar? Pues como en toda la historia y en todas partes, la liberación de los prisioneros y sus jefes. Ese será el trago más amargo de la negociación, pero, tarde o temprano, tendrá que darse si se quiere llegar a una solución no violenta y con miras a asimilar a Sendero al sistema de alternancia en el poder (el abandono de la constituyente es otro factor de negociación). Los idealismos, los principismos y otros dogmas morales deben dejar paso a la realpolitik: los hechos mandan.

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