“Respetos guardan respetos” decían mis mayores y esta frase aparentemente sencilla encierra un gran contenido puesto que encaja, diría mejor deriva, de otra máxima milenaria cual es “no hagas a otro lo que no quieres te hagan a ti”.

Viene a colación esto cuando se trata de calibrar el grave, insólito y penoso comportamiento de quienes hoy tienen a cargo el Poder Ejecutivo del país, comenzando por el cada día más desatinado presidente de la República, P. Castillo, quien no cabe duda oculta complejos y malas intenciones en un sombrero, que ya quedó ridiculizado para la posteridad con aquello de “sombrero luminoso”.

De acuerdo al artículo 110 de nuestra Constitución, el presidente de la República personifica a la Nación, sin embargo, cada día es más evidente que el dizque rondero-profesor-gerente de una constructora de edificios, está muy lejos de merecer el respeto y adhesión que la dignidad de más alto funcionario de la Nación supone.

Lamentable su discurso del domingo anunciando una “segunda reforma agraria”, cuando la primera, perpetrada en los años 70 por la primera fase de un gobierno militar, causó evidente daño en la economía y el bienestar del Perú y afectó sobre todo a quienes decía querer beneficiar.

El despojo de propiedad privada en el campo que ella significó aún no ha sido resarcido a los afectados, más de un centenar de los cuales han logrado recién que el Sistema Interamericano de Derechos Humanos les admita una petición contra el Estado Peruano reclamando la indemnización por no pago del justiprecio de su propiedad incautada.

Hace unos días el portador del sombrero luminoso visitó ufano la sede de la Organización de Estados Americanos en Washington DC y estoy segura que de la petición admitida no sabía ni fue previamente informado por el Canciller, que le hizo de compañero de viaje y hoy es parte de un sainete que agravia al Servicio Diplomático Peruano, pues siendo públicamente desdeñado por el jefe del gabinete ministerial que lo nombró, hasta hoy no tiene el mínimo decoro para renunciar.

Como quiera que al hablar de una segunda reforma agraria el inquilino precario de Palacio de Gobierno anuncia la violación de derechos fundamentales, el efecto inmediato de la torpeza presidencial ha sido el repunte del alza del dólar, que no es otra cosa que la devaluación, depreciación, disminución del valor de nuestra moneda y del poder adquisitivo, sobre todo de los más pobres.

Reitero lo señalado la semana pasada, si el Gobierno abona su pronto final, habrá que complacerlo lo más pronto posible.

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