Somos árboles

Somos árboles

Un observador puede percatarse de que la caminata callejera de un hombre es entre árboles que evade. Por una calle todos pasan, nadie se mira, las sonrisas están proscritas. Quien aborde un bus también lo hará entre troncos que eludir. Quizás el pasante llegue a casa y busque humanidad y solo halle silencios, redes sociales, espacios que solo sirven para creer que el único diálogo que sirve para vivir es el que sostenemos con nosotros mismos.

Todo abrazo se presta a suspicacias, las palmoteadas son una forma de reducir la ansiedad. El infierno es el otro, decía Sartre, pero no en la orientación que pretendo dar a este artículo, sino en la vacuidad que nos permitimos, en la timidez para crear o solidificar vínculos genuinos. Nuestras conversaciones son rara vez profundas porque la sinceridad que nos desnuda tiene sobre sí un cúmulo de telarañas que nos protege del otro. El pensamiento se esconde muy debajo como un concho. Tememos hacer esa llamada, escribir ese correo, tocar ese timbre… porque la suspicacia gana y para nadie es admisible la autenticidad de una cercanía que conecte, que toque su hondura de extraordinario calado en una amistad pura y cargada de pensamientos.

Hannah Arendt decía que cuando se deja de pensar, la vida humana se torna en superflua: “un hombre es sustituible por cualquier otro; la superficialidad hace intercambiables a los seres humanos”. Así, solo cuando nos proponemos pensar profundo aportamos al mundo lo propio, aquello que Pascal llamaba “íntimo e insobornable”. En la raíz, la búsqueda de un amor, del matrimonio, de una amistad franca, de visitas al psicoterapeuta, son manifestaciones de esa soledad que desafiamos para desarrollar aquella función social que ignoramos y reprimimos para nunca darnos a nadie: la de ser sinceros y volcar nuestro interior a la intemperie.

Nadie se sincera frente a los árboles, pero pese a que lo admitimos en nuestro interior, somos también árboles sin tiempo para obsequiarnos, presos de nuestras rutinas y suspicacias. Por miedo a invadir o a ser invadidos, por timidez, perdemos la estación de conocer al otro y seguimos dándole a ebrios trancos por esa alameda donde el silencio denso no tendrá nunca el efecto reparador que Thoreau encontró en los bosques de Walden.

Quizás sea esa soledad por la que las redes sociales capturan nuestro tiempo y nos aproximan; pero la aproximación no toca ni huele ni ama; es solo una burda falsificación.