Los resultados de las últimas elecciones reflejan el hartazgo y enojo de los peruanos con la clase política. Es la voz de protesta de millones de ciudadanos cansados de haber sido engañados con las promesas de candidatos que al llegar al poder no cumplen lo ofrecido.
El triunfo de Pedro Castillo en la primera vuelta es la respuesta a los gobiernos que en dos décadas de bonanza económica dieron la espalda al pueblo negándoles la posibilidad de siquiera poder acceder a servicios básicos de agua y electrificación. Es el grito que se ha hecho escuchar de los peruanos de las zonas rurales que viven años de abandono. Es el castigo a la mezquindad y ambición de gobernantes que, en vez de disminuir la enorme brecha en servicios de salud que existía desde antes de la pandemia y cubrir el déficit en infraestructura e implementación de escuelas públicas, prefirieron invertir en inútiles proyectos faraónicos como la carretera Interoceánica y la Refinería de Talara. Es la indignación ante la maldita corrupción que, en plena pandemia, ha puesto en riesgo la vida de millones de peruanos.
No hay que ser un analista político para darse cuenta que la votación obtenida por Pedro Castillo no es una sorpresa, es la protesta de los peruanos olvidados que, al poner un aspa en la foto del candidato radical, tacha a la clase política haciéndole saber que si los que menos tienen van a seguir “jodidos”, entonces que se “jodan todos”.
La respuesta no debe ser desacreditar, insultar, ningunear, ni mucho menos “terruquear”, al candidato radical. Le tenemos que ganar en la comparación de propuestas, especialmente las que están orientadas a dar solución a las grandes necesidades de las mayorías.
Sería muy peligroso pensar que atacándolos le vamos a cerrar el paso a la izquierda radical. Los comunistas son especialistas en polarizar posiciones y victimizarse. No deberíamos caer en su juego.
Es mucho lo que está en riesgo y quizá esta podría ser la última oportunidad que da el elector a los peruanos que queremos seguir viviendo en democracia. El fujimorismo, que aspira al poder, ha demostrado tener la experiencia y propuestas para cambiar el peligroso rumbo que parece tener nuestro país. Estamos en capacidad de formalizar, antes de las elecciones, un compromiso social de gobernar para los peruanos olvidados durante dos décadas.
El odio nos puede dejar sin futuro y sin libertad. Al próximo presidente no lo puede volver a definir el voto anti. Es momento de poner al PERÚ por delante. Terminemos de cerrar las heridas del pasado para enfrentar juntos el futuro. Unidos contribuiremos a dar solución a la tremenda crisis moral, sanitaria y económica que la vienen sufriendo más los que menos tienen.

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