Forzosamente nos hemos convertido en un avatar, es cierto. Nuestra identidad ha sido postergada por la pantalla de una computadora donde la cámara no siempre se enciende y nos deja en la soledad o a la espera de una respuesta que tarda en llegar. Y ahí, detrás de ese espacio nulo, vacío, inusual, cobramos vida para escuchar, para decir algo y de inmediato cerrar el micrófono. Entonces, nuestra identidad se reduce a unas iniciales o, en el mejor de los casos, a un avatar, a una imagen o a una fotografía que es una muestra inerte de lo que somos en realidad.

En el año 1986 el grupo Río lanzó una canción titulada ‘Televidente’, que pertenecía al álbum Lo peor de todo. En ella hablaba de cómo estar sentado frente al televisor podía dejarnos en el limbo, abrumados por el control que la televisión ejercía sobre nuestras ideas, sobre nuestros pensamientos. Ese estado de inacción y sedentarismo parece haberse adaptado 34 años después, detrás de una computadora. Debido a la pandemia, hemos sido ineludiblemente seducidos por Zoom, Meet o Teams, y hemos pasado la mayor parte de nuestra vida académica, laboral o social detrás de una pantalla, protegidos por una imagen que representa lo que la pandemia ha hecho de nosotros. Entonces nuestra identidad también se ha postergado y nuestra existencia se ha convertido apenas en una posibilidad.

La virtualidad ha calado demasiado profundo. Era necesario. Las relaciones sociales se han adaptado a nuevos tiempos, a nuevas formas de vivir y de hacer de nuestra existencia solo un dibujo pegado en la pantalla. De pronto, hemos permanecido frente al bullicio de esa soledad y hemos buscado un refugio fuera de ello al desconectarnos. Solo entonces volvemos a la normalidad: le damos vida a ese avatar hasta la siguiente vez que tengamos que cubrir nuestra identidad detrás de esa pantalla.