Leer la novela antes de ver su adaptación cinematográfica siempre ha sido una de mis costumbres (una costumbre que ha devenido en obsesión con el paso del tiempo). Sin embargo, con ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, me sucedió todo lo contrario. Hace muchos años había visto Blade Runner (la versión de Ridley Scott, estrenada en 1982) a sabiendas de que se trataba de una película de culto, hecho que confirmé luego de visionarla: sí, es una de las mejores cintas en la historia del cine. Entusiasmado, investigué más sobre el filme y supe, sin mucha dificultad, que se basaba en la mencionada novela de Dick.

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (publicada en 1968) es la historia de Rick Deckard, un cazador de bonificaciones que tiene el encargo de «retirar» (eufemismo de «matar») a un grupo de androides que se encuentra en el planeta Tierra. La historia se desarrolla en poco más de un día y, al finalizar su lectura, uno se da cuenta de que Ridley Scott hizo una versión bastante libre de la novela de Dick. Es más, mientras la leía tenía la sensación constante de que se me revelarían datos importantes, aunque eso jamás sucedió. Todo lo contrario: ambos, película y libro, se complementan demasiado.

Muchos podrían asegurar que Blade Runner supera al libro, pero la verdad es que los dos alcanzan picos muy altos. La película tiene, por ejemplo, ese gran monólogo —y poético final— de Roy Batty, el más duro e inteligente de los androides (llamados «replicantes» en la cinta) que Deckard tiene que atrapar. Batty, ya derrotado, inicia su magistral monólogo así: «I’ve seen things you people wouldn’t believe».

(No hay que dejar de mencionar la hermosa secuela dirigida por Denis Villeneuve: Blade Runner 2049, porque se trata de una película que posee una perfección inusual y también porque demuestra que no todas las secuelas arruinan las películas que parecen intocables).

El libro, sin quedarse atrás, trabaja de manera genial el tema de la empatía. Es decir, cómo los humanos pueden sentir alegría si ven a otro humano alegre y, a la vez, sentir un poco de tristeza si observan a gente desdichada. Y es esa comunión de sentimientos lo que principalmente los diferencia de los androides, aunque estos sean réplicas inmejorables. Es debido a esto que, hacia el final del texto, el personaje principal se pregunta si los androides también sueñan.