En la señorial y bella ciudad de Huamanga, felizmente el arte sigue floreciendo, es más, se le ve radiante de vitalidad. Los ayacuchanos siempre nos maravillan con agradables sorpresas que hacen sincronía con lo que sucede en sus calles, en los hermosos patios coloniales de sus casonas o en sus iglesias y, en cada esquina donde siempre se respira buenas nuevas.

Por eso, expreso mi enorme satisfacción de haber recibido, de manos de la joven poeta Bethsy María Alel su segundo poemario: La cama hueca. Disfruté la lectura de cada uno de sus poemas, recostado sobre una de las rebosantes columnas de los arcos del Portal Independencia, mientras el cielo azulado me guiñaba su amenazante mirada y las nubes me coqueteaban con una silenciosa llovizna, que al final solo fue un misti manchachi. Ahí me di cuenta que sus versos amenizaban con suspiros duraderos pintando de colores no solo el cielo huamanguino sino también a mi alma errante que retornaba al terruño en busca de momentos de paz y calma.

La poesía de Bethsy María está llena de sensibilidad, pero sobre todo de una impresionante madurez. Su juventud es apenas una anécdota a la hora de trenzar sus bien logrados poemas y, su trabajo literario, es reflejo de quien entiende que escribir es una ardua labor de alfarero de la palabra. “Soy lo que el mundo podría querer / una bahía de eses consagradas, / soy el vómito del pasado / un exabrupto trashumante de recuerdos”.

Está escrita con palabras tamizadas para hilvanar versos llenos de fibras que transitan por el camino que afirma la belleza en su mayor dimensión. Su poesía es “honesta, sencilla y desafiante, y goza de un lirismo que hechiza o golpea de lleno” escribe Irving Ramírez. Por su parte, el maestro Walter Bustamante precisa que “La cama hueca es un poemario donde los intersticios de sus folios transpiran ternura y grito entrelazados”.

Como siempre, la dinámica creativa en provincias asevera la fortaleza de quienes, a pesar de las dificultades y limitaciones, continúan con la rica tradición creativa de sus ancestros y de exponentes mayores. Lamentablemente, como siempre, sigue siendo ajena e ignorada en la capital, reafirmando un absurdo centralismo en todas las esferas del quehacer nacional. Pero el arte no se amilana, y sus exponentes trascienden a quienes lo ningunean. Este poemario es apenas un ejemplo de ello y una muestra de ese aroma tierno y rebelde.

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