La editorial Maquinaciones ha presentado recientemente Libertas o la Independencia del Perú, drama en cuatro actos del escritor italiano Arturo Molinari, publicado originalmente hace cien años en Lima, en 1921. La actual edición cuenta con el prólogo del editor y bisnieto del autor, José Donayre Hoefken, un estudio crítico de Miguel Ángel Vallejo, y la versión facsimilar de la edición original. El libro, ganador de Estímulos Económicos para la Cultura 2019, que otorga el Ministerio de la Cultura, es parte de un proyecto de mayor alcance que incluye la futura puesta en escena de la obra, bajo la dirección de la actriz y directora teatral Angelita Velásquez, y la próxima edición de una novela gráfica con dibujos de Josué Maguiña. En otras palabras, es un relanzamiento por todo lo alto de una obra hasta hace poco mantenida en el olvido.
Como señala Miguel Ángel Vallejo, la propuesta de Libertas es la “reconciliación entre grupos sociales, así como una profunda reconciliación con España, esto es, con la herencia virreinal”. El final propicio de la historia del romance entre Rafael, un militar mestizo de las filas patriotas, y María, una joven española de la nobleza con familiares en el bando realista, y su carga metafórica, expresa el ideario criollo de la república y del Perú de las primeras décadas del siglo veinte, el cual no se desmarca de la tradición colonial sino la reorienta a favor de los nuevos grupos de poder, no desvinculados de la metrópoli, entre los que la Iglesia católica continúa ejerciendo la misma influencia. Al respecto, es reveladora la respuesta de Don Alfonso al dominico Fray Agustín, preocupado por el “ateísmo” de los rebeldes independentistas: “El peruano es cristiano por índole y por los viejos hábitos adquiridos desde siglos…” y los “sentimientos religiosos” serán el “corolario, primordial problema de la emancipación”.
Pero al margen del discurso de la obra, publicada apenas dos años después del fin de la hegemonía del Partido Civil y la denominada “república aristocrática”, es remarcable que el periodo del drama se prolongue desde el desembarco de las fuerzas patriotas en Paracas hasta la batallas de Junín y Ayacucho, lo que permite algunas descripciones, aunque pocas (en estricto, solo dos), de escenarios bélicos, como el de la batalla en la Pampa de la Quinua.
Enriquece el estilo de la obra teatral, la inserción de dichos y refranes, así como de pregones, y el intento de adaptación lingüística del modo de habla del indígena occidentalizado (caso del mensajero “serrano”). Eso sí, algunos diálogos revelan el racismo y clasismo predominante en la oligarquía española asentada en la colonia.

POR: Arturo Delgado Galimberti