Después de un siglo, el planeta Tierra volvió a ser víctima de una verdadera pandemia. Natural, artificial o lo que fuere, el Covid-19 -iniciado, a nuestro entender, sospechosamente en China; y sus estragos extrañamente sofocados con inusitada rapidez en ese mismo país- ha puesto de cabeza al mundo entero, provocando hasta el momento -en un año- 125’000,000 de contagios y 2’750,000 de muertes, pese a los siderales avances conseguidos por la medicina durante el siglo transcurrido entre una y otra plaga. La población mundial ha sido sicológica y socialmente muy afectada por las consecuencias de este virus mortífero. Y además por sendas, drásticas medidas de prevención.

Fundamentalmente, ese severo confinamiento de la población ha provocado la quiebra en cadena de, prácticamente, todos los gremios de la producción mundial. La velocidad con la que la gente se movía a diario y a toda hora en la aldea global, incluyendo desplazamientos de rutina a todas partes el planeta, se vio bruscamente paralizada, generando el desconcierto general y una sensación de desamparo que aún mantiene boquiabiertos a los terrícolas. ¿Volverá el mundo a ser el mundo de antes, una vez que la ciencia -y la naturaleza- permitan contener el Covid-19, o tendremos aquello que algunos anticipan, “un mundo nuevo”? ¡Ahí está la cuestión!

Una interesante disertación de José Antonio Lozano, presidente de la Junta de Gobierno de la Universidad Panamericana de México, da luces sobre lo que podía ser la vida después del Covid. Según ha anotado, existen la Pandemia, la Endemia y la Sindemia. La primera es la propagación de una enfermedad contagiosa y peligrosa con características globales (el caso actual). Le sigue la Endemia, que significa una Pandemia que llegó para quedarse (caso del Sida). Y la Sindemia -según el diccionario- es la suma de dos o más epidemias concurrentes con interacción biológica, que exacerban el pronóstico y la carga de la enfermedad, alargando los efectos de la epidemia. Sea lo que fuere, la severidad de la Pandemia vigente -aún se desconocen los efectos prácticos de las vacunas y de los nuevos fármacos para tratarla- ha alarmado al ser humano, al extremo que muchas personas vienen dejando sus viviendas en centros urbanos densamente poblados -ergo “contagiosos”- para dirigirse a suburbios abiertos. Ello dificulta sin duda que esa población encaje con la rutina de su anterior trabajo.

¿Consecuencia? Han aparecido rápidamente opciones -de plano, perfectibles- para reemplazar la presencia física de muchísimos empleados en sus centros laborales. ¿Resultado? Los gigantescos edificios corporativos podrían convertirse en dinosaurios. También la educación a distancia ha tomado enorme impulso motivada por la mega industria de la cibernética, creándose nuevas alternativas para el trabajo y la educación remota. Igualmente, necesitaría evolucionar la industria turística privilegiando novedosas modalidades, puesto que probablemente desaparezca un gigantesco sector, como aquel que atendía los viajes de trabajo, congresos, seminarios, etc. En simultáneo, durante los confinamientos la sociedad aprendió a vivir de manera espartana, a valorar lo importante, a reconstruir su vida interior. Es decir, conductas que podrían, efectivamente, ser una primera piedra para ese “mundo nuevo”.