Está por producirse el desenlace de la segunda vuelta electoral y lo más evidente, gane quien gane, es que el Perú está partido en dos mitades iguales, porque la diferencia entre ganador y perdedor será mínima, pero dos mitades que se rechazan de modo absoluto y excluyente.
Si gana la candidata Fujimori tendrá como desafío llevar adelante reformas profundas en democracia, con modificaciones puntuales de la Constitución, enfrentarse a los oligopolios y monopolios, hacer visible la libre competencia reordenando todo lo relativo a los entes reguladores y producir resultados en salud y educación en el más breve plazo para salir de la pandemia construyendo en paralelo un escenario de reactivación económica que beneficie a los más olvidados impulsando la inversión privada, la grande, la mediana y la pequeña, entre otros. Todo esto lo tendría que realizar con la oposición ciega de la otra mitad del Perú que votó por una alternativa radical.
Si triunfa el candidato Castillo, su primer gran desafío será demostrar que puede actuar por cuenta propia con sus equipos técnicos sin obedecer directivas de líderes de grupos recalcitrantes o vinculados a organizaciones terroristas, dentro del sistema democrático de gobierno basado en el equilibrio de poderes. Luego tendrá que demostrar que su prédica radical materializará con urgencia la solución a los problemas de salud y educación provocados por la pandemia y que no tiene pacto alguno con la secuela vizcarrista que tanto daño hizo al Perú desde la aparición del covid-19 en nuestro país; luego tendrá que definir cuál será su relación con el Congreso de la República y su capacidad de negociación para obtener el marco jurídico necesario para el desarrollo de un plan de gobierno del cual se tiene poca información. No olvidemos sus iniciales propuestas de no importación de bienes y servicios, de impulso de actividades económicas por parte de empresas nacionales que irían desplazando progresivamente a las extranjeras, la renegociación de contratos con las grandes compañías mineras, la reforma integral de la Sunat y el condicionamiento de la propiedad privada y de la libertad de prensa, sobre las cuales, conforme se animaba a invitar a diferentes técnicos para la conformación de un equipo de gobierno tuvo que ir atenuando su inicial prédica incendiaria para demostrar que no es comunista, que no es totalitario, que es un cabal demócrata y que impulsará el desarrollo nacional con el fortalecimiento de la inversión privada respetando la propiedad, entre otros, bajo la atenta y desconfiada mirada de la otra mitad del país. No sabemos cómo manejaría su promesa de cambio de Constitución, pero sí sabemos que, de optar por maniobras para cambiar nuestro sistema político, tendrá que hacerlo a sangre y fuego por la enorme oposición que esto generaría.
Veremos en qué termina esta historia.

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