Alguien repite: “pero si todo el mundo está haciendo su vida”. Sí, lo veo en Instagram, veinteañeros en el restaurante o multitudes en el barrio chino. Le reitero que hay una variante del virus y que es mucho más veloz en su capacidad de contagio. Hemos llegado en camas UCI y hospitalizaciones al peor momento de 2020. La afirmación es concluyente, pero no hay disposición de escuchar.

“Pero si todo el mundo”, es una frase que justifica el comportamiento individual, aunque sea destructivo o autodestructivo, porque hay una ley que predomina, que es la de la mayoría. Si las encuestas de 2020 decían que todos se pondrían la vacuna y las de ahora dicen lo contrario, la tendencia podría ser: “pero si todo el mundo dice ahora que no se la pondrán…”. Nada es peor que la falta de un espíritu crítico frente a la estupidez de la masa. El comportamiento masivo es lo que en el Derecho llamamos “normalidad”. Lo normal es que me ponga una vestimenta para salir a la calle. Si la normalidad fuera la desnudez, no problematizaría el hecho de ir por allí enseñando las partes, pero lo normal se puede convertir en insano, y a eso vamos.

Tras el encierro de 2020 la gente que tomaba las calles se dividió en dos: los que salían porque tenían que sobrevivir y los que salían tapados a la realidad de la nueva normalidad, dispuestos a divertirse y, qué importa, a llevar el virus a casa. En una sociedad que no es muy republicana, así como no hay una noción de “nosotros” tampoco la hay de virtudes públicas. “No me hago responsable de lo que le pase al otro”. Es un pensamiento que domina porque crecimos creyendo que solo teníamos derechos, no responsabilidades. La comunidad urbana y hasta la familiar se vuelve un paisaje, “yo no me hago cargo”. Es fácil que el “pero si todo el mundo lo hace” se torne en cliché y borre a la lógica del mapa. “Voy a esa fiesta o a esa comida porque muchos van a ir”. Nadie quiere ser minoría o marginal, ni siquiera cuando se trata de exponerse a una peste.

La normalidad en la mente de la gente supera a la autoridad. La gente se zurra el toque de queda, los empleadores sueltan a los empleados media hora antes y se llenan los buses… y después nos lamentamos.