Queridos hermanos:
Estamos ante el Domingo XXIII del Tiempo Ordinario. En la primera lectura el profeta Isaías nos anuncia una buena noticia a todos. Isaías conoce nuestra realidad, que somos de corazón cobarde, y nos invita a ser fuertes y a temer al Señor. ¿Qué quiere hacer el Señor con nosotros? quiere salvarnos de nuestra ceguera y de nuestra sordera, esto es lo que hace Dios, Él actúa en nuestra vida, en nuestra historia. Nosotros somos sordos a su Palabra, por eso realiza un milagro y nos abre el oído y así podemos hablar de las cosas que hace en nuestra historia. ¡Agua en el desierto! esto es lo que hace el Señor, hace brotar agua en el desierto y torrentes en la estepa, por eso ánimo, hermanos, Dios nos quiere hacer libres.
Por eso respondemos con el Salmo 145: Alaba, alma mía, al Señor, porque Él hace justicia a los oprimidos, da pan al hambriento, liberta a los cautivos, ama al hombre y sustenta al huérfano y a la viuda.
La segunda lectura tomada de la Carta del Apóstol Santiago dice: en las celebraciones si uno va bien vestido y con buena apariencia le recibís muy bien, y a otro que es pobre, que va vestido pobremente y es andrajoso, le ponéis en otro lugar; hacéis mal, eso no es cristiano, sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos, como dice el Apóstol Santiago. ¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino? Hermanos, el Señor nos invita a ser ricos, ¿Cómo? no confiando en nuestra seguridad, sino fiándonos en la fe en el Señor, Él es nuestra verdadera seguridad.
El Evangelio de San Marcos nos dice que Jesús estaba camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis, que es imagen de las 10 comunidades paganas; y le presentaron un sordo. Ese sordo somos tú y yo, que no oímos y no prestamos oído a la historia que Dios hace con nosotros. Este sordo, además, no podía hablar. Quienes lo presentaron, le pidieron que le impusiera las manos, es decir, que hiciera un milagro. Jesús le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua; y suspiró al cielo: “Effetá”, es decir “ábrete”. Esta liturgia es sacramental, es un signo litúrgico qué hace Dios para expulsar de nosotros nuestra sordera, nuestra ceguera. Jesús hizo un milagro, abrió los oídos del sordo y soltó la lengua del mudo, y dijo a todos que no dijeran nada. Ojalá Dios haga este milagro con nosotros: abrir los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos; y podamos escuchar y ver que la historia que Dios hace con nosotros, está bien hecha. Por eso ánimo hermanos que el Señor nos ama, porque, como termina diciendo la palabra, “todo lo ha hecho muy bien”, es decir, hace oír a los sordos y hablar a los mudos. Esto es lo que Dios quiere hacer, es decir, que seamos testigos de Jesucristo y podamos transmitir gratuitamente lo que hemos recibido de Él.
+ Que el Señor os bendiga con su paz.

Mons. José Luis del Palacio
Obispo E. del Callao

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