Provistos de sendos mandatos populares, el primero para gobernar y el segundo para fiscalizar, Ejecutivo y Legislativo se enfrascaron en un enfrentamiento irracional, porque el objetivo de PPK era el de pasar a la historia y el de la mayoría parlamentaria, el demostrar que podía ser una opción de gobierno moderado. La información proveniente del extranjero, que dio cuenta de la corrupción de casi la totalidad de las autoridades nacionales y regionales, provocó el intento de sometimiento de la administración de justicia a fin de dosificar la información que siguió llegando. No es exagerado afirmar que, luego de cuatro presidentes en un mismo período, en el Perú no se gobierna, se satisface a la opinión pública.

Luego de impedir el retorno del Senado y propiciar la nefasta prohibición de la reelección parlamentaria, Vizcarra terminó disolviendo el Congreso de 2016 de forma inconstitucional y el nuevo Congreso terminó vacándolo usando un instrumento constitucional válido, pero sin tener el soporte político necesario, pues más de la mitad de los peruanos respaldaban aún al moqueguano, quien había hecho del culto de su imagen el principal propósito de su gestión. Con la actividad política en el nivel más bajo del aprecio ciudadano, el Congreso suplente terminó reclutando a demasiados políticos de tercera línea, líderes locales con intereses subalternos y aventureros carentes de prestigio personal. Además de la apresurada vacancia, estos congresistas han aprobado la moratoria a los transgénicos, condenando a la pobreza extrema a nuestros agricultores andinos; una peligrosa ley de fusiones; el congelamiento de deudas y la regulación de precios; la regulación de las tasas de interés, que provocará la restricción de nuevos créditos a las clases medias; la devolución de aportes ONP, vulnerando la Constitución por ejercer iniciativa de gasto público; y ahora, el pase de los CAS a la estabilidad laboral, sin financiamiento ni concurso público.

Mientras la pandemia amenaza con una segunda ola, la economía con entrar en crisis, y diversos grupos ejercen presión en las calles procurando alcanzar sus objetivos inmediatos, pareciera que el Congreso decide pensando tan solo en mejorar su imagen política ante el electorado, siguiendo el mal ejemplo de Vizcarra, pero sin las herramientas con las que éste seducía a la prensa y, a través de ella, a la opinión pública. En el peor momento del Perú desde el terrorismo y la hiperinflación, no quedan líderes ni clase política; la nueva camada tardará en llegar y mientras tanto, el poder político será detentado por los grupos de interés más avezados y mejor organizados.