Papá tenía una frase cuando pagábamos las consecuencias por haber cometido una falta. La recuerdo bien. Esas tres palabras nos enseñaron que todo lo que hacíamos tenía consecuencias que, nos gustaran o no, debíamos afrontar. Y, es cierto, cometimos muchos errores, muchos, y seguramente los hemos seguido cometiendo hasta ahora, en mayor o menor medida. De alguna manera, eso nos ayudó a ser más responsables para prevenir consecuencias adversas o, simplemente, por evitar que la frase nos golpee el rostro.

Infringir las normas es una cuestión que se interioriza en las personas ante la necesidad, ante la carencia o ante la estupidez. La muerte de trece personas en una discoteca de Los Olivos durante la intervención policial en pleno toque de queda no solo revela eso, sino que, además, ha desencadenado el ímpetu de la acusación. Todos son culpables, dicen. Las personas que asistieron a la fiesta son culpables. Los organizadores son culpables por ir contra las normas. Los trece jóvenes muertos son culpables por irresponsables. Los dueños del local son culpables por alquilarlo. Los vecinos son culpables por llamar a la policía. Los policías son culpables por hacer un operativo. Vizcarra es culpable por declarar el toque de queda. El coronavirus es culpable por aparecer. Los chinos son culpables, y así sucesivamente. Echar la culpa y no asumir responsabilidades es así de ridículo.

Cuánta razón tenía papá al enseñarnos tanto con esa frase. Así, en tercera persona, para marcar distancia de quien no se ocupa de sus actos. Culpables son los que no asumen responsabilidades, ellos, los que por sus acciones generan que otros, además, paguen las consecuencias. Culpables son los que han retado a la muerte, estando incluso dentro de la muerte, y desde ahí, desde esa zona de confort que les permite burlarse del miedo, declaran que todos los demás son culpables.