Existe un trabajo que hace posible que desarrollemos todos los demás trabajos; este es desarrollado por mujeres que trabajan en nuestros hogares a diario, cuidando a nuestros hijos, familiares con alguna discapacidad y adultos mayores o manteniendo el orden y la limpieza del espacio donde vivimos; estas tareas son desarrolladas casi en su totalidad por mujeres, mayoritariamente procedentes del interior de nuestro país. Este trabajo, asociado con las tareas tradicionales de las mujeres a lo largo de la historia, sigue siendo invisible por ser considerado algo obvio; sin embargo, resulta fundamental para todo lo demás, ya que nos permite desarrollar nuestras actividades cotidianas con tranquilidad, sabiendo que lo más preciado de nuestras vidas está a buen recaudo.

La invisibilidad de este noble trabajo se manifiesta de diversas formas: no consideramos a nuestras casas como lugares de trabajo, se le conoce como “ayuda” y no como trabajo real, no es considerado como trabajo profesional o calificado; la procedencia de la trabajadora también juega un papel determinante en el valor que le damos a esta ocupación en nuestra sociedad, seguimos arrastrando las taras de la colonia y del inicio de la república; esta devaluación del trabajo doméstico y la exclusión de las personas que lo realizan hace que las personas que contratamos para que cuiden de nuestra familia no puedan cuidar de la suya al hacer este trabajo.

Como sociedad, debemos hacer que este tipo de trabajo sea motivo de orgullo y que sirva para mantener a otras familias; se han conseguido algunos avances normativos que protegen a las trabajadoras del hogar de la discriminación, el acoso sexual, que cuenten con descanso, que perciban un sueldo no menor al salario mínimo. Si bien estos avances son importantes, nos falta reconocer su tarea en bien de nuestras familias y de la sociedad, muy en especial de la niñez; vivimos en una sociedad con inmoralidad extrema, las trabajadoras del hogar pueden ser una suerte de brújula moral; su trabajo es fundamental, están allí cuando un nuevo ser viene al mundo y van dando forma en lo que se va a convertir posteriormente, estarán también en el momento de dejar este mundo.

Los casos y las experiencias son diversos: hay relaciones muy duraderas y de apoyo mutuo; por otro lado, se producen casos de abuso, explotación, violencia y trata de personas. Las trabajadoras del hogar proceden de sectores humildes y deben trabajar en sectores acomodados, deben cruzar fronteras económicas, sociales y culturales, para de esta manera poder desarrollar sus tareas; frente a la desconsideración e ingratitud, ellas están allí, prodigando preocupación y cuidado; saben los alimentos preferidos de nuestros hijos, sus horarios, y muchísimas cosas más; ellas también son parte de una familia: la hija de alguien, la esposa de alguien, la madre de alguien, la abuela de alguien, la mejor amiga de alguien; se trata de seres humanos, tan iguales como nosotros o quizá con mayor dosis de humanidad.

La sociedad -y la humanidad- no puede sobrevivir sin amor y compasión, éstos no son para nada lujos, son necesidades fundamentales para nuestra existencia; precisamente las trabajadoras domésticas están a cargo de ello: brindar amor y compasión, pase lo que pase; en la actualidad estamos en la era de elecciones morales y en todos los ámbitos de nuestras vidas, más que nada en nuestros hogares; cada vez que tengamos que decidir cuestiones morales, pensemos y actuemos como ellas, fuentes inagotables de amor y compasión. De esta manera, iremos construyendo una mejor sociedad y un mejor mundo donde vivir.

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