En las ciudades es casi común encargar el cuidado de los niños a jóvenes mujeres que han sido traídas del interior de nuestro país, de aquellos lugares donde el Estado no llega; niñas o adolescentes que deben dejar a su familia nuclear y migrar a la ciudad y convivir con personas que no son sus parientes y que, por más consideración que se le tenga, nunca formará parte de ella; en su nuevo entorno, será víctima de una serie de maltratos, en algunos casos físicos, anhelará el momento de independizarse y poder formar una familia propia, esta vez cuidando de los suyos. Nosotros, como sociedad, pasamos por alto esta situación, nos sentimos más cómodos estando desconectados de esta realidad.

Lo expresado en el párrafo anterior me da pie para tratar un grave problema que requiere nuestra comprensión y atención: la trata de personas; esta cuestión es mucho más frecuente, compleja y cercana de lo que la mayoría de nosotros creemos. Cuando escuchamos o leemos “trata de personas”, mayoritariamente pensamos en mujeres jóvenes obligadas a prostituirse, esto es algo real, pero la realidad no solo comprende esta situación; al circunscribir el problema a la explotación sexual, estamos dejando de lado la desigualdad estructural, la pobreza, las barreras y la migración, algo que está muy arraigado en nuestra vida diaria.

Aunados a la prostitución forzada, tenemos al trabajo infantil y al trabajo forzoso, los mismos que crean los bienes o brindan los servicios que consumimos cotidianamente, por ejemplo: trabajo doméstico, trabajo agrícola, construcción informal; estamos hablando de algo tan básico como: cuidado, alimento y refugio; estos trabajos tan esenciales son los peores pagados en la actualidad. La trata de personas implica el uso de la fuerza, el engaño o la coacción para obligar a trabajar a otra persona; y se encuentra en diversas actividades económicas: sembríos en la zona rural de nuestro país, mendicidad en las ciudades, en la minería ilegal e informal; podemos encontrar trata de personas, en menor escala, en lugares inimaginables: venta de helados y golosinas, grupos musicales, salones de belleza, entre otros.

Los traficantes de personas le ofrecen a la familia de las víctimas una “buena educación”, ayuda con el traslado y demás gastos; una vez en el destino, son obligadas a trabajar hasta 14 horas diarias, los siete días de la semana, muchas veces en pésimas condiciones. ¿Qué hacer al respecto? Se puede recurrir a la justicia penal, pero las víctimas no cuentan con los recursos y están marginadas; en el caso del tráfico sexual, la justicia es parte del problema y no de la solución; en los otros casos, no tienen a donde recurrir y temen perder su única fuente de ingreso, amén de no contar con documentos personales. El delito de trata de personas es poco atendido por las autoridades, a pesar de su presencia más que evidente.

La trata de personas es producto de la necesidad de unos, de la codicia de otros y ocurre en los sectores olvidados o desatendidos y -como consuelo de tontos- no solo ocurre en países como el nuestro, también en los países desarrollados. Como integrantes de nuestra sociedad, no desviemos la mirada frente a este grave problema, nuestros hermanos y hermanas no necesitan ser salvados, necesitan solidaridad; hemos avanzado con algunas leyes y normas de protección, como la legislación del trabajo doméstico; se han logrado algunos triunfos en el ámbito judicial y se esperan más.

Nuestro progreso no será tal si implica el sufrimiento de otras personas; todos debemos involucrarnos y comprometernos y ser parte de la solución; encontremos la manera de construir un mundo más justo, más fraterno y más solidario.

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