El Observador se encargó de destruir a aquel personaje. Lo acusaba en las portadas de ser un criminal, pero se es criminal cuando hay sentencia. “Delincuentear” es atribuir un delito a quien no la ha recibido, pero la gente lo entiende como lo lee porque decodifica sin análisis. Las portadas crean opinión y odio. Odias sin saber por qué o por qué necesitas el odio para sobrevivir. O quizás sirva para justificar, aunque ficcional, la idea de ser esa reserva moral que nadie es.
Hay intelectuales y políticos que odian “sin razones ni motivos” porque la indignación es una pose bien vista y porque la radicalidad permite parecer que se es consecuente, pero ser consecuente no necesariamente es ser racional. El odio moral produce un sentimiento de superioridad, pero ¿cómo somos y hemos sido en nuestra conducta pública y privada para sustentar esa “superioridad”? El ser humano es vil, rastrero, oportunista y todo lo que pueda añadir al carrito de su propia descalificación. Lo dicen Hobbes y Maquiavelo. Por eso lo contrario del odio sin justificación objetiva no es el amor, es la humildad.
Bien decía Lacan: “(…) hoy, los sujetos no tienen que asumir la vivencia del odio en lo que éste puede tener de más ardiente. ¿Por qué? Porque ya de sobra somos una civilización del odio. ¿Acaso no está ya bien desbrozada entre nosotros la pista de la carrera de la destrucción? El odio en nuestro discurso cotidiano se reviste de muchos pretextos, encuentra racionalizaciones sumamente fáciles”. No se odia porque alguien probadamente lo merezca sino porque siempre se encuentra un argumento inválido, tanto que así más argumentos existen para odiarnos a nosotros mismos a la vista de nuestra propia conciencia y memoria ¿Recuerdas cuando heriste a alguien? ¿Recuerdas cuando aplastaste una vida por vanidad? ¿Y tus grandes y pequeñas deslealtades cotidianas? Allí eres el fiscal, el juez y tienes las pruebas porque la conciencia te delata frente a tu más íntimo tribunal.
El Observador que cito es solo una ficción, trata de quienes cultivan el odio que después por destino tienen que lamentar, trata de las veces en las que se puede asumir la posición de un fiscal para acusar y en las que cualquier fiscal puede hacerla del inspector Javert, persiguiendo al noble Valjean por un deber que, al final, es apenas un disfraz. El odio denota cuan enferma está una sociedad, habiendo siempre otra opción.

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