Tratado del valor

Tratado del valor

Leía “Anatomía del miedo”, de José Antonio Marina, porque nada es más importante que descubrir los “duendes” interiores. La ansiedad patológica es uno de ellos y cohabita con ese otro que los románticos llamaban “melancolía”. En el miedo, el duende susurra alertas cuando estás seguro. A Camus le obsesionaba la cobardía. En “La peste”, se exhibe el coraje del doctor Rieux, pero en “La caída”, Clemence vive atormentado por no haber salvado a una suicida que se arrojó al Sena. Descubrimos que tuvo miedo, y el miedo será implacable en sus memorias. Hobbes dijo: “El día que nací mi madre parió dos gemelos, yo y mi miedo”. ¿A qué le temes? Quizás ha sido una de las preguntas que más nos hemos hecho, incluso esos que como Hemingway escondían sus temores en hazañas memorables. Circulamos desde el cálido útero hacia las manos de nuestros padres, nos desprendemos al vacío cuando nos dejan en la escuela, para luego “pertenecer”, que se torna en otro apego que nos salva de la angustia. Nos insertamos en una universidad, un trabajo, una familia… cualquier amenaza a esa seguridad es fuente de angustia, incluso cuando “quedamos mal”.

De allí la contraproducente ansiedad por hacerlo perfecto. Los apegos se convierten en zonas de confort. El último apego es la pensión y, por tal, recuerdo a mi padre batallar para que no se la quiten, sin ella era el vacío y el vacío era la suprema angustia. El libro de Marina nos descubre en nuestro espejo. Temer perder hasta el último apego es ansiedad, porque no nos adaptamos a la idea de lo incierto. En la última semana supe de cuatro personas que fallecieron con la pandemia y cada uno era una entrañable parte de mi habitualidad “inconmovible”.

Una persona que me vendía libros y al que le tenía aprecio, la señora de la esquina y otros…no estaban más y el vacío tornó sobre una incertidumbre confirmada. Marina escarba en nuestra estructura nerviosa, el sistema simpático de las alertas, el cerebro límbico (…) y nos da salidas, por tal subtitula: “Un tratado sobre la valentía”. Ayer visité mi barrio infantil. Los edificios desplazaron a las casas. La inquietud de Hegel y Heráclito. Se robaron mi pasado. En lo inmutable, en el amor y el absoluto residen las respuestas que no debemos buscar en lo mutable, sino abandonados a lo invisible, en eso que Pascal llamaba el más feliz de los hallazgos.

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