Cuando era niño, existían tres Navidades. La primera era en la tarde cuando llegaba a casa de papá y nos sentábamos frente al televisor mientras chocábamos nuestros vasos de gaseosa. Hasta el año pasado, claro, cuando me abrió la puerta sin saber que jamás lo volvería a hacer. Su dolor a las rodillas le impedían pararse y apenas se sostenía con un bastón. Se sujetaba del sillón y apoyaba su vaso para que el temblor de la mano derecha no lo venciera. Nuestros vasos solo podían tener agua, pero éramos felices.

La segunda era en la noche. Mamá ajustaba los últimos ahorros para preparar algo para las doce y nos mandaba bañar, aunque no quisiéramos. Generalmente no había cena, pero siempre hubo una taza de chocolate. Y aunque no me gustara mucho, siempre era el mejor que hubiera tomado cada 24 a la medianoche. Entonces no había celulares ni internet y, por eso mismo, la vida era mucho mejor al lado de una taza de chocolate.

La última era durante la madrugada. Para cualquier niño, la Navidad significaba quedarse hasta tarde sin dormir. Para mí, significaba quedarme hasta tarde tirado en el sillón mientras imaginaba historias. La soledad es una fuente tan maravillosa como la literatura misma: permite volar y derribar fronteras, imaginar otras vidas, nuevas, mejores e inalcanzables. Y eso, para un niño, era algo así como ser un superhéroe.

En los últimos años, la Navidad perdió la esperanza de ser una fecha para compartir y se volvió una oportunidad para materializarlo todo. Ojalá la pandemia nos haya enseñado a valorar esos espacios tan necesarios con los demás.

Y no solo los espacios, sino, además, el tiempo. Tenemos que haber aprendido a valorar el tiempo y, con mayor razón, el tiempo con la familia, y vivir no una, dos o tres, sino todas las Navidades que podríamos construir con ella.