Bob Woodward, célebre periodista de investigación del Washington Post, diario que develó el caso Watergate, provocando la renuncia del presidente Nixon el 9 de agosto de 1974, pasó largo tiempo entrevistando docenas de personas, revisando archivos y documentos para publicar, en 2018, el libro Miedo: Trump en la Casa Blanca.

El título es correcto. Trump será recordado, precisamente, por desplegar una siniestra estrategia política para causar temor y angustia en sus compatriotas, para someterlos manipulando emociones, dividiéndolos entre buenos y malos, amigos y enemigos, patriotas y antipatriotas.

Así lo hizo, con esmerada perfidia, a través de cientos de tuits y en Facebook, con un mensaje admonitorio: grupos de extrema izquierda o asolapados comunistas amenazan la democracia y capturarán el poder si Biden gana la presidencia.

Por ello, ante la victoria demócrata, Trump no vaciló en alentar que turbas de fanáticos asalten el Capitolio, para que los legisladores desconocieran el triunfo de Biden.

Fue un rocambolesco y deplorable episodio, sin precedentes en doscientos años de historia, que afecta hondamente el prestigio de una nación orgullosa del respeto a la Constitución y a sus instituciones.

Pero la insurrección también proyectó la inaudita incompetencia de la seguridad, solo comprensible –no justificable– si la Policía permitió la incursión por órdenes superiores, una ilícita permisibilidad que pudo aprovechar cualquier vándalo para asesinar a algún representante de los Estados Unidos, supuestamente el país más seguro o protegido del mundo.

¿Ha sido una sorpresa la conducta agresiva y errática de Trump?

No.

Ese es su perfil psicológico, su ADN como empresario, publicista y político.

Recordemos que durante la campaña electoral del 2016 lanzó gruesos epítetos a su oponente, Hillary Clinton, calificándola de “facilitadora” de las infidelidades de su marido; “delincuente”, por enviar correos electrónicos oficiales desde su cuenta privada; y también la imitó perversamente cuando la ex primera dama se retiró tambaleándose de una ceremonia, afectada por descompensación producto de una neumonía.

No respetó, tampoco, a los exmandatarios Clinton y Obama, a rivales políticos y medios de comunicación, sobre quienes lanzó un vendaval de improperios y acusaciones.

Tampoco respetó a su entorno personal, asesores y asistentes, civiles o militares, a varios de los cuales despidió a través de tuits, con frases hirientes o insultos, ante el aplauso de embrutecidas barras bravas de extrema derecha y supremacistas blancos, algunos de ellos visibles en la ilegal incursión al Capitolio y otros desfilando en el frontis del recinto de las leyes, portando armas y cascos de guerra.

Trump, asimismo, mostró soberbia e irresponsabilidad al no usar mascarillas y mantener distancia en las manifestaciones de la campaña o en eventos oficiales, lo cual explica, en mucho, por qué han muerto más de 357 mil estadounidenses y 21 millones han sido infectados.

El miedo se ha inyectado como un virus destructivo en la mente de miles de estadounidenses.

Lo recordamos porque a pesar de la violenta campaña desarrollada antes, durante y después de los comicios, Trump fue respaldado por 74 millones 200 mil votantes y que, hace pocos días, una encuesta informó que un grueso número de republicanos –más del 40%– considera que los comicios fueron fraudulentos.

Los norteamericanos tendrán que encontrar la vacuna o el antídoto para ese virus y el presidente Biden tendrá, a la vez, que reparar los daños producidos en las relaciones internacionales de Washington como consecuencia de la política confrontacional y aislacionista del trumpismo, que ha permitido el vigoroso avance de potencias como China y Rusia.

Retornar al Acuerdo de París sobre el medio ambiente, volver a la Organización Mundial de la Salud, a la UNESCO, al Consejo de Derechos Humanos de la ONU, al Tratado Nuclear con Irán y recomponer las dañadas relaciones con sus aliados europeos son, sin duda, tareas impostergables y a corto plazo.