Deshonrosas las disculpas ofrecidas por una mayoría de congresistas luego de los desmanes provocados por la vacancia. Clarísima maniobra para no hacer frente a sus responsabilidades políticas. Mea culpas falsos y gaseosos para intentar recuperar la estima popular de la que nunca han gozado. Este patético Congreso es el fiel reflejo de lo convulsionada que está la democracia representativa. Parlamentarios que no tienen palabra ni credibilidad y que insisten en seguir dinamitando la economía con propuestas totalmente irreflexivas e inoportunas. Ni el manifiesto repudio popular los detiene. Recientemente, la Comisión de Trabajo ha aprobado un proyecto que incrementaría la asignación familiar y la extendería hasta 10 AÑOS después que los hijos alcancen la mayoría de edad. Un absurdo perfecto, que impacta en la vena a las mypes y al Estado que hoy ni siquiera está en capacidad de financiar el Presupuesto del 2021. La emisión de bonos del último lunes ha sido muy exitosa pero las palmas del mercado son un simple efecto placebo porque la deuda importa y mucho. Habrá espacio para endeudarse, pero es esencial hacer ajustes drásticos en alquileres, consultorías y publicidad, nada de medidas tibias y cosméticas, llenas de excepciones.

Tienen que aprender a gobernar sin la complicidad de los medios. Los peruanos no estamos obligados a su salvataje económico, que sobrevivan los más fuertes y los que son capaces de mantener su independencia.

A Milton no solo le debemos El paraíso perdido, sino haber sido un gran luchador por la libertad de expresión y el rechazo de la censura, señalando que esta última robaba al hombre el don del razonamiento, lo cual es una forma de homicidio.

En el Perú la libertad, en el sentido amplio de la palabra, no es un derecho adquirido, a pesar de que los jóvenes de la Generación Bicentenario (término marketero y sin ninguna sustancia) le otorguen mínima importancia. Según encuesta publicada en El Comercio, solo le daban un 2% de valor al concepto de “libertad”, frente a la noción de “desarrollo” que recibió la más alta calificación. Ambos son esenciales pero no juegan en la misma categoría, no son homologables. Para sorpresa, apoyan mayoritariamente una economía de libre mercado (Constitución de 1993) pero en la que el Estado debería ser más regulador. Pequeña, gran contradicción. Todos a leer a Friedman, para quien el libre mercado necesitaba que el Estado se aleje lo más posible, para así lograr la creación de empleos y mayor producción. Sin embargo, lo más desconcertante es que el 85% de los encuestados, marchantes promotores de la más exquisita intolerancia, opinan que la sociedad necesita mostrar apertura hacia la gente que piensa y vive diferente.

Sin duda es una Generación confundida que recibe una vorágine de información, de fuentes infinitas, que es incapaz de procesar. Ha reemplazado el pensamiento analítico por la reacción ante imágenes o emociones y por una ciega veneración a opinólogos que cuentan su propia verdad, amoldando la ley a sus relatos. También, tienen la necesidad de ser partícipes de la historia a cualquier costo. Afortunadamente, la confusión es parte de la naturaleza de ser joven y tiene solución.