Por Gino Ríos

Debatir políticamente es exponer y defender ideas sobre temas e intereses de esa índole. Un debate de candidatos presidenciales reclama que, tanto las ideas como su exposición y defensa, sean de un nivel superlativo, acorde con lo que exige la jefatura del Estado y la personificación de la Nación, asimismo los intereses que deben representar las ideas que se exponen, deben estar alineados con el bien común, las necesidades colectivas y las aspiraciones generales. Esla expresión más genuina y democrática de la discusión política. Pero, por la misma razón que, en estos tiempos, se disuelven los principios, valores y sanas costumbres, el debate político también se ha licuado, deviniendo en  un mero anuncio de promesas y un festival de ofrecimientos, en este caso, similares en ambos ofertantes: pensión 60, vacunación total este año, aumento de sueldos a policías y profesores, mano dura contra el crimen, muerte civil de corruptos, entre otros, mezclados con los infalibles ataques personales que se consideran, en nuestras tierras, de buen efecto electoral, aunque sean, principalmente, el reemplazo de ideas ausentes.

La política es siempre el gran tema de cualquier tiempo, porque la conducción y corrección de un gobierno se debe a ella, pero cuidado, el Estado no es Dios ni la política es religión, así que la polarización no es nunca positiva, ya que la dirección del Estado demanda el esfuerzo constructivo, no agonal, de todos, pese a nuestros antecedentes históricos e institucionales. Nadie es ajeno al desastre ni a la recuperación de su país. Los aspirantes a la Presidencia de la República no han expuesto las ideas políticas de lo que su eventual gobierno haría, lo han confundido con ofertas grupales de mercadotecnia electoral, con el propósito de comercializar, mejor que la competencia, su postulación. Han comenzado el último tramo con una deuda con el país que aspiran gobernar.

Sin embargo, hagamos un esfuerzo por superar la indiferencia, o peor aún, el escepticismo y acudamos, con la mente abierta, a la cita con el comienzo de un nuevo futuro nacional, a ejercer nuestro derecho y deber políticos. El carácter y disposición de un ser razonador, se reconoce por su independencia de criterio y libertad de decisión, que expresan el poder para razonar que comparten todas las personas, para dirigir su vida individual y contribuir a la administración de la convivencia social. Nuestro voto debe servir para precaverlos excesos que acechan a nuestro país y evitar los males que a nombre de la igualdad y la libertad suelen seguir como un cortejo fúnebre a la victoria electoral. Abandonemos la ilusión de un hermoso pasado imaginario y aceptemos el duro desafío que implica nuestra triste realidad presente. Estemos dispuestos a votar antes de no elegir aquello por lo que pensamos. Nuestro país tiene una enorme necesidad de tranquilidad, pero solo existe una fuerza real capaz de satisfacerla, el concurso de todos sin excepción.