Queridos hermanos, estamos ante el VI Domingo del Tiempo Ordinario. ¿Qué habla la Palabra este Domingo? En la primera Palabra tomada del libro de Levítico, el Señor se dirige a Moisés y a Arón y les habla de la lepra, del leproso que “es impuro y el impuro vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento”. ¿Qué nos dice hoy esta Palabra? ¿No es esto lo que nos pasa con la pandemia? La lepra es la corrupción de la sangre, y esto es lo que está pasando en nuestra sociedad peruana. Existe una corrupción del ser interior del hombre, en la sangre, por eso nos lleva a vivir fuera del campamento, a vivir solos cuando hemos sido afectados por la pandemia. Hoy en nuestra sociedad se ve está corrupción que nace del corazón del hombre.

Por eso gritamos con el Salmo 31 “Tú eres Señor mi refugio, me rodeas de cantos de liberación, dichoso el que está absuelto de su culpa. Había pecado y lo reconocí, confesé al Señor mi culpa, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado”. ¿A qué nos invita el salmista con estas palabras? A experimentar el perdón de nuestros pecados en la confesión, en la celebración del sacramento de la Penitencia. No nos perdonamos a nosotros mismos nuestros pecados y esto nos lleva a no aceptar nuestra historia, y Dios, hermanos, actúa en la historia, va en busca de nosotros a sanarnos la sangre, es decir, a darle sentido a nuestra vida. Por eso el Evangelio de San Marcos dice: “A Jesús se le acercó un leproso, suplicándole de rodillas: si quieres, puedes limpiarme. El Señor, compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio”. La lepra se quitó inmediatamente y quedó limpio.” Y este leproso fue pregonando por todos los sitios lo que Jesús había hecho, ¿por qué? Porque experimentó el perdón de sus pecados y la sanación en su sangre. Hoy se nos va la sangre, la vida, en el dinero, en el prestigio, en que no maten nuestro orgullo, etc. Por eso es muy importante lo que dice Jesús cuando se retira a lugares solitarios. Dice que se apartaba para rezar. Tantos de nosotros nos encontramos en un lugar solitario que es nuestra casa, que es uno mismo: tu casa, tu ser, tu “yo”.

Retirémonos, pero no para apartarnos de los demás y encerrarnos en nosotros mismos, sino por amor a los demás, y encontremos a Jesús, que quiere cambiar nuestra sangre, transformarla, y él transformará, es decir, hará nueva, nuestra relación con el otro. Porque el encuentro íntimo con Cristo nos impulsa a retornar a los demás y a pregonar quién nos ha curado, quién nos ha enseñado a amar. Eso es lo que hace la Iglesia, transformar la sangre que nos lleva a la muerte. La Iglesia quiere hacer una autentica transfusión de sangre, es decir, quiere engendrar un nuevo hombre, por eso necesitamos retirarnos a lugares solitarios, y no ser oprimidos por el demonio del hacer, hacer, hacer. Descubramos “el ser hijos de Dios”, la Naturaleza de Dios que nos da la Iglesia.

También San Pablo, en la segunda Palabra, en su carta a los Corintios nos llama a no ser escándalo, a no buscarnos a nosotros mismos. Nos invita a ser imitadores de Cristo. Hermanos, Cristo se nos ha manifestado con su presencia, dando su sangre en la cruz. Ha trasformado al hombre para que no viva más para sí, sino que vivan para el otro, y en eso consiste la felicidad, que es el Reino de Dios. Y esta transfusión de sangre ¿dónde se hace? En un hospital, que es la Iglesia. Hermanos, ánimo, exultemos de gozo con las palabras del Aleluya: “Un gran Profeta ha surgido entre nosotros, Dios ha visitado a su pueblo”, ese es Jesús. Invoquémosle, pidámosle al Señor, vayamos a Él como este leproso, de rodillas, y pidámosle al Señor: “si quieres, puedes limpiarme”. Y el Señor se compadecerá; Él quiere limpiarnos, quiere curarnos, para que seamos felices y anunciemos quién es el que nos cura. Esto es lo que está necesitando el mundo de hoy.

Que la bendición de Dios esté en tu ser, en tu familia y en tu trabajo.

Ánimo hermanos que esta pandemia es para ayudarnos a recuperar la auténtica sangre que hemos perdido y este cambio de sangre la ofrece la Iglesia.