Vamos por partes. Existe la libertad de mercado y están prohibidos los monopolios. Es el Estado de Derecho que dicta nuestra Constitución. Otro mandato de nuestra Carta es que el Estado vela por la vida y salud de los ciudadanos. Dicho esto, analicemos la trapacería de Francisco Sagasti, el presidente prestado por el Congreso designado en mayoría por la izquierda. La gestión de la pandemia por el régimen Sagasti resulta tan infame como la de su amigo Vizcarra. Jamás compró pruebas moleculares, plantas de oxígeno, camas UCI, respiradores, etc. Por supuesto, tampoco ha adquirido la vacuna para neutralizar la covid-19 que ha segado la vida de más de 100,000 compatriotas. Hasta aquí, se configura un evidente magnicidio cuya lista de culpables empieza por Martín Vizcarra y Francisco Sagasti. El Parlamento, por su parte, aprobó una ley que faculta a los privados a importar vacunas.

Apenas juramentado, el ministro de Salud, Ugarte declaró ante las cámaras de televisión que los privados SÍ pueden importar oxígeno. Al siguiente día reculó. Aunque recientemente –el domingo pasado- volvió a afirmar que los privados pueden importarlas. Horas después, el heredero de Vizcarra aparecería con cara perversa en un programa televisivo, desmintiendo a su ministro. La conclusión es que el mandatario Sagasti –incapaz de importar más allá de 700,000 vacunas en pleno pico de una plaga que mata 300 peruanos cada día- sencillamente se sentó en la norma congresal y en la palabra de su ministro, imponiéndonos un ucase que prohíbe a los privados importar oxígeno. Una típica decisión de tiranos, motivada por la ideología marxista que ordena el monopolio estatal. ¡Inclusive para salvar vidas! La conducta de Sagasti, repetimos, raya en el genocidio. No hacen falta millones de muertes para calificar de genocida al culpable. Basta y sobra con las –hasta este momento- más de cien mil muertes, producto de la inexplicable inacción de Vizcarra y Sagasti. Con el agravante que Sagasti prohíbe que los privados detengan el número de muertes que causa la inaptitud de su gestión, impidiéndoles importar el oxígeno y las vacunas para salvar vidas. Algo que, de manera obtusa, incluso criminal, su gobierno decidió no comprar.

Pero lo que retrata la insensibilidad –incluso el cinismo- de Sagasti es que utilice la desgracia nacional para introducir su credo marxista, lanzando frases incendiarias que podrían incendiar todavía más nuestra pradera. Como “No permitiremos que los ricos tengan acceso al oxígeno y la vacuna, y los pobres no.” O vulgarizar una coyuntura de capital importancia –como es salvar vidas- alegando “Es injusto que quien tiene plata se vacune y el pobre no.” ¡Oiga usted, señor Sagasti! La vacuna cuesta S/ 30,00 en el mundo –¡probablemente su gobierno pretenderá importarla a mayor precio!- contra S/300.00 de un ataúd o S/ 3,500.00 del balón de oxígeno. Si de injusticia se tratase, acuérdese de que el terrorista Cerpa lo dejó salir de la embajada japonesa. Pero usted no le dijo “O salen todos o me quedo”. Recuerde. Usted aceptó la presidencia pletórico de sonrisas y recitando a Vallejo. Y esa carne viene con hueso.