Es conocido que los países que cuentan con riquezas naturales tienen una gran ventaja inicial, pero que no es decisiva para su desarrollo. Los chinos que debieron refugiarse en la rocosa y árida isla de Formosa supieron aplicar una estrategia económica adecuada para aprovechar las fortalezas que les otorgaba su situación geopolítica. Antes de la reforma neocapitalista de Deng Xiao Ping era notoria la disparidad entre el pequeño y exitoso Taiwán, que en los 70 ya brindaba calidad de vida a sus ciudadanos, mientras que el gigantesco vecino sufría hambre y esclavitud en una economía de subsistencia, en forma similar al caso de las dos Alemanias y ahora, al de las dos Coreas.

Significa entonces que hay una forma correcta de entender las relaciones entre gobernantes y gobernados, partiendo de la premisa de que cada persona goza de una dignidad propia que el Estado no concede, sino tan solo reconoce y garantiza; en consecuencia, las leyes deben auspiciar la libertad económica e incentivar tanto el emprendimiento como la creatividad, que crean puestos de trabajo y pagan el costo de colegios de calidad, hospitales bien implementados y autopistas seguras. A partir de esa comprensión de la realidad pueden combinarse variantes ideológicas democráticas y pluralistas, promoviendo mayores libertades económicas con bajos impuestos, o mayor gasto público como inversión social financiado con aumento de impuestos, sin poner en peligro el modelo básico exitoso.

En el Perú olvidamos con facilidad las duras lecciones del pasado. Hemos comprobado que la empresa estatal Centromin pudo ser tan contaminante como la peor de las antiguas mineras extranjeras, pero al mismo tiempo, ineficiente y deficitaria; sembramos arroz en el desierto usando agua sumamente cara; atacamos las actividades económicas exitosas y nada hacemos por reformar el agro andino para brindar mayor calidad de vida a quienes requieren consolidar su propiedad, mejorar sus semillas y recibir el apoyo técnico necesario para cultivar productos atractivos para ofrecerlos en el mercado internacional.

Al borde del Bicentenario debemos evitar repetir errores, vencer a quienes proponen las mismas medidas que en el pasado fracasaron, intentando aplicar su ideología destructiva. El reto es hacer verdadera política para lograr grandes consensos entre las principales fuerzas electorales, resaltando las coincidencias y soportando las diferencias; acuerdos fundamentales en torno a las actividades que pueden acercarnos al desarrollo económico, de forma que en lugar de arriesgar el futuro del país cada cinco años, las elecciones sirvan para un debate sincero sobre cómo perfeccionar el modelo económico, convirtiéndolo en nuestro legado para las futuras generaciones.