Uno de los mayores aciertos -negarlo es casi terraplanista- del plan de reforma que Alberto Fujimori echó a andar en sus primeros años de gobierno fue la creación de Cofopri: un organismo, que hasta hoy funciona (aunque sin los bríos iniciales), diseñado para formalizar la propiedad inmueble. Siguiendo las ideas de Hernando de Soto, se comprendió que la posesión no era una simple diferencia cosmética con la propiedad: la segunda, además de oponibilidad, le permitía al propietario el acceso al crédito -a través del sistema de garantías- y, finalmente, una importante diferencia: participar del mercado y de la actividad económica que, a la larga y como fruto praxeológico, llevaría al Perú a una reducción radical de la pobreza. Cofopri, sin embargo, no fue solo una buena idea conceptualmente. Estuvo bien llevada a cabo: quienes eran empadronados no sentían que un tentáculo del Estado venía a sofocarlos con burocracia, sino -más bien- a abrirles las puertas de la propiedad.

La mayor revolución, como antes he escrito en varias oportunidades, que el Perú podría lograr de cara a las décadas de por venir es la integración de los mal llamados “informales” al libre mercado y a la prosperidad que éste genera; sin embargo, para que esto suceda el Estado tiene que repensar la forma en como se aproxima -desde la Economía y el Derecho, pero también desde la Antropología y la Semiótica- a quienes pretende incluir en el mercado. La imagen de Susel Paredes persiguiendo a vendedores de huevitos de codorniz es la antítesis de lo que se debe perseguir: el Estado tiene que crear un organismo que tenga como finalidad la formalización de la actividad económica en sus variantes “informales” todas: el trabajo unipersonal, la empresa familiar y los distintos regímenes laborales. Hecho lo anterior debe ser el Estado el que con una mirada empática se acerque a quienes pretende incorporar y les ofrezca todos los beneficios -puntillosamente diseñados para evitar incentivos-.

Suelto ideas: que no paguen impuestos por 4 años. Alguien me responderá indignado que se está favoreciendo la informalidad. Está, pues, equivocado. Porque desde el momento en que ingrese al sistema de organismo empezará a gozar de los beneficios completos del mercado y del sistema de derecho privado y eventualmente comprenderán que vale la pena. Además, si nos guiamos por la primacía de la realidad… Si no hacemos algo como esto, no es que esos compatriotas van a dejar de pagar impuestos por 4 años; simplemente no los van a pagar nunca. Entonces: la pregunta que debemos hacernos es: ¿cuánto tiempo necesita un equipo técnico para diseñar un organismo eficiente que dedique a formalizar la actividad económica y cómo nos aseguramos que sea quien sea que lo implemente no sea deshecho por el siguiente gobierno? Por suerte, no soy candidato y es una pregunta que no me toca responder. Pero quien empiece a hacerlo tiene el el bolsón de votos más grande.

En un país con una Economía que es 75% informal, quien logre que ese 75% de peruanos se integren a los beneficios de la prosperidad que trae consigo el mercado y acceda a mejores servicios de salud, educación justicia y seguridad no solo ganará las elecciones, sino que será el presidente que inicie la reforma del Estado que -por motivos que desconozco- Fujimori abandonó y que son necesarias para engarzar el nuevo país con el nuevo siglo. Esta es una cuestión de enfoque: no necesitamos el garrote, sino la zanahoria. El Estado tiene que comprender que su éxito está en que las políticas públicas que diseñe y la legislación que apruebe no sean semánticas para los peruanos, sino realidades tangibles que mejoren su calidad de vida y -sobre todo- le den más y mejores oportunidades a las nuevas generaciones. Los “informales” no son los enemigos, la informalidad es el enemigo. Hay que comprender que los peruanos que están en esa condición pueden salir de ella, y rápido. Ojalá.