Hace cincuenta años, el notable historiador y académico tacneño, Jorge Basadre, publicó El azar de la historia y sus límites, obra donde analiza aspectos vinculados con nuestra independencia, cuyo bicentenario cumplimos el 28 de julio. Lo haremos sin festejos, más bien confundidos y contritos, en un país confrontado, dividido, cargado de mal querencias y enconos, implosionado porque las instituciones que integran el Estado constitucional de derecho se encuentran resquebrajadas, cuando no destruidas, y cuando existen serias interrogantes sobre la pulcritud de los comicios debido a que el Jurado Nacional de Elecciones no ha dado respuesta a graves cuestionamientos, que unos llaman irregularidades y otros califican como fraude.

Ese dramático panorama se observa en circunstancias que 200 mil peruanos han muerto por COVID-19 y 2 millones resultaron infectados; una devastación pandémica que provocó que 2 millones 500 mil trabajadores perdieran el empleo y 3 millones 300 mil se desplacen a la pobreza.

Han sido, sin duda, tiempos duros, de miedo y confinamiento. Tiempos míseros, ingratos, inolvidables, en que la perversión burocrática se manifestó con toda su fuerza a través de corruptelas en adquisiciones de equipos de protección contra la pandemia, en no comprar vacunas, camas UCI y plantas de oxígeno, y en la presentación de cifras amañadas sobre el número de fallecidos.

Y en ese tránsito entre la vida y la muerte, el Congreso fue disuelto inconstitucionalmente y tres presidentes se sucedieron en la Casa de Pizarro. Peor, imposible.

En ese contexto, las reflexiones de Basadre constituyen una oportuna advertencia a gobernantes y gobernados para no hundirnos en el fango de la destrucción, que sería una victoria para demagogos e ineptos, arribistas y ayayeros, ambiciosos y resentidos, o para quienes han hecho del odio y la maldad un estilo corrosivo de ejercicio político. Basadre sostuvo hace medio siglo:

– “El problema fundamental en América Latina y en el Perú de nuestros días y del futuro consiste, nada más y nada menos, que en esto: ¿Cómo ir acabando con el estado empírico y cómo ir destruyendo el abismo social; o, por lo menos, ¿cómo colocar vasos comunicantes sólidos y anchos para que sea posible una sana movilidad dentro de una sociedad el servicio de quienes la integran y no de unos cuantos?”

En correspondencia a ese mensaje es importante que el presidente y el Congreso actúen con absoluta transparencia. Deben dilucidar, cuanto antes, si aplicarán el programa-ideario de Perú Libre, que contempla nacionalizaciones, Asamblea Constituyente, disolución del Parlamento, del Tribunal Constitucional y la Defensoría del Pueblo, así como la puesta en marcha de una política exterior chavista. Con ese programa, sin embargo, Castillo pasó a la segunda vuelta y ahora ese texto ha sido reemplazado por un edulcorado Plan Bicentenario; y, con el cambio, han emergido personajes viscosos alrededor (o merodeando) al nuevo mandatario.

En ese contexto, debemos rechazar la estridente grita de quienes promueven un golpe de calle, golpe militar o golpe de macheteros. El país está muy débil y lastimado para esas sórdidas jugarretas políticas que estimulan la confrontación y nos conducen a la anomia. Un Perú agónico solo debe concertar, palabra que exorciza a extremistas de derecha o izquierda. Y concertar debe ser que el oficialismo no insista en su propuesta de una Asamblea Constituyente que solo provocará ásperos debates e inestabilidad. En cambio, si urge un programa de emergencia que atienda la catástrofe pandémica, que aliente las inversiones para crear empleo y reconstituya las agrietadas instituciones que forman parte del estado constitucional de derechos. Ese es, en suma, el camino de la sensatez.

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