Un presidente arrinconado

Un presidente arrinconado

El silencio de Pedro Castillo nos llenaba de dudas, pero ahora, después de difundirse sus entrevistas, especialmente la que sostuvo con Fernando del Rincón, nos queda la certeza de su ineptitud y la preocupación por sus limitaciones, las que son imposibles de aceptar frente a la magnitud de su mandato y la irresponsabilidad que continúe conduciendo, sin estar capacitado, el futuro de millones de peruanos.

Escucharlo decir que “está aprendiendo a ser presidente y que su despacho es una escuela permanente”, ratifica que se eligió a alguien que no estaba preparado para el encargo y que el país en sus manos, sin haber convocado a los mejores profesionales para que lo asesoren, se ha convertido en un laboratorio y sus decisiones son peligrosos tubos de ensayo, llenos de errores, que afectan seriamente nuestra economía.

Vimos un gobernante muy preocupado por todo, pero que no propone nada. En sus entrevistas no nos dio una sola cifra, ni presentó planes, ni proyectos para disminuir la inmensa brecha existente en servicios de salud, educación, seguridad. Ni mucho menos generó confianza.

Se mostró cínico e incoherente convocando al empresariado a seguir invirtiendo en el país, mientras en otro momento reiteraba su persistencia en llevar a cabo una asamblea constituyente, la que viene siendo la principal traba para atraer la inversión privada.

En seis meses no ha explicado cómo hará para generar más empleo y recursos para implementar sus programas sociales. Hasta ahora, por sus malas decisiones, las más importantes empresas mineras formales, principales contribuyentes del país, están cerrando sus operaciones o reorientando sus inversiones a otros países por la poca estabilidad jurídica y la exacerbación social, promovida por el partido del gobierno, que ha puesto en riesgo a su personal y su patrimonio.

Estamos frente a un gobernante que no gobierna, que no le gusta tomar decisiones, que prefiere no enfrentar las crisis y espera que los problemas se solucionen solos o exploten, sin asumir las consecuencias. Siempre encontrará un culpable.

Tenemos un presidente impermeable a las denuncias de corrupción, que justifica sus errores escudándose en su escasa formación y preparación para gobernar, que tiene un discurso lleno de buenas intenciones, pero que no tiene idea cómo ponerlas en marcha. Vemos a un profesor que nunca pensó que su sueño se haría realidad, pero que hoy abrumado en su soledad, con investigaciones pendientes, expuesto al fuego cruzado entre los grupos que lo llevaron al poder, busca no ser vacado. Por ello nos ha querido convencer, sin éxito, que aún sigue siendo capaz de gobernar para todos los peruanos.

Hasta ahora sólo ha demostrado que ha desarrollado habilidades para victimizarse ante la crítica, negar con cinismo las denuncias y mentir con convicción ante la evidencia.

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