Mi madre, a diferencia de muchas de su generación, trabajaba y estudiaba. No era una mujer de muchas reuniones sociales; pero sí muy interesada en las actividades culturales y políticas: le gustaba el teatro, el cine, asistir a mítines políticos y pasear conmigo, a la orilla del mar, por el largo malecón y los muelles en el puerto de Paita.

Durante mi niñez y parte de mi adolescencia, era su compañera inseparable y fue durante estos paseos, cuando nuestras conversaciones se hacían eternas. Mis preguntas y sus respuestas, sus preguntas y mis respuestas. Nunca sancionaba mis equivocaciones, sin antes explicarme el por qué y el cómo aprender de ellas para la “próxima vez” sin enojarme con nadie.

Cuando fui a lo que se llamaba “El Jardín”, ya sabía leer y escribir; lo había aprendido muy pronto en casa, no en el tradicional Coquito que, según mi madre, tenía demasiadas imágenes; sino en el diario El Comercio, una sábana que ella me doblaba en 4 y me enseñaba, primero a leer titulares y después las “letras chicas”, primero a leer párrafos y después artículos cortos. Por las tardes, cuando volvía del trabajo, me hacía sentar en una sillita, junto al tío abuelo, para que le leyera, el diario.

Debería tener unos 7 años, cuando me enviaba al Banco Popular que quedaba frente a mi casa. Con las justas alcanzaba a ver la ventanilla del pagador-cobrador para entregarle el sobre con dinero y el recado que mi madre le mandaba. Normalmente, se trataba de hacer un pago o el cambio de un billete mayor; desde el balcón, me observaba. Desde muy pequeña, también compraba el pan y las empanadas de los sábados que debían tener mucha azúcar por encima y no estar quemadas.

Iba a la escuela mañana y tarde, incluidos los sábados; aun así, me dejaban tareas, todos los días, para realizar por las noches en la casa; mi madre trabajaba sus asuntos junto a mí, vigilando que avanzara en desarrollar los temas que me encargaban, pero nunca, me ayudó a solucionar un problema o a investigar. Me indicaba sólo dónde podía encontrar, tal o cual respuesta. Si no acababa las tareas hasta las 9 de la noche, me levantaba muy temprano por la mañana, para que lo hiciera.

A los 11 años, me envió sola a Lima, en un viaje en autobús que tardaba unas 18 a 20 horas, tal vez me recomendó a algunos amigos, a quienes les entregaría el permiso de viaje; pero recuerdo con toda claridad que me manejé sola. En Lima, me esperaba mi abuelo, con quien pasaría unos días de vacaciones, un poco preocupado, porque el TEPSA, llegó con retraso.

A los 12 años, siendo hija única, mi madre me explicó que debía estudiar fuera, para ir a un buen colegio, me habló de las ventajas y las desventajas, incluso de nuestro pesar por la lejanía; pero me convenció y lo hice. Sólo nos veíamos los fines de semana. Igualmente me animó a viajar a España para estudiar y, también, a otros países.
Un día como hoy, rendimos homenaje a nuestras madres. Dios me regaló una madre que me educó con el corazón, pero también con la cabeza, me animó siempre a volar lejos; sufría y gozaba con mis largas estancias en España; pero su generosidad y desprendimiento siempre fueron más grandes, no sólo por mí o por ella; sino porque, según me decía, “sólo preparándonos y creciendo con madurez, podemos ayudar mejor a la sociedad y a nuestra Patria.”

Ex congresista de la República