No hay nada más humano que la mirada. Una mirada que dura -dice Roland Barthes en su ensayo El Mundo Objeto- “es toda la historia conducida a la grandeza de su propio misterio”.

Con los ojos cerrados una persona es una estatua o un muerto que yace en el catafalco. Pero al abrirlos, su mirada y sólo su mirada nos imponen su existencia.  Las personas miran mientras luchan, mientras aman, mientras sufren, mientras construyen, sea cual fuere, su propio destino. Por ello la fuerza y la verdad de esa frase monumental de Barthes.

Una mirada que dura. Kabul cae en poder de los talibanes y su aeropuerto se convierte en una estampida de desesperación y miedo: la guerra y sus secuelas, la guerra y sus designios. Vuelve una imagen: la niña afgana de doce años de la portada de National  Geographic de junio de 1985. Dos ojos bellos, color mar en el crapuloso desierto de un campo de refugiados en Pakistán. La niña huía de la guerra  tras la invasión soviética y había perdido a sus padres a los seis años. Steve McCurry la retrató y esa mirada de tristeza y perplejidad asombró al mundo. El abandono y la amargura de esos ojos sin igual nos impusieron su existencia.

Sharbat Gula, de la tribu de los pashtos, fue vuelta a retratar por Steve dieciséis años después. Tenía la piel estropeada por la azarosa vida pero los ojos intactos. En su pequeña casa de las montañas de Afganistán había tenido cuatro hijos. Llevaba la burka que a ella le parecía un hermoso vestido y aun así trabajaba por el derecho a la educación y el trabajo para miles de sus compatriotas”.

Hay tantas canciones populares que celebran el misterio de una mirada. Recuerdo algunas: Ojos Negros del folclore ruso; Yo vendo unos ojos negros, tonada chilena; Ojos azules de nuestro folklore andino; Aquellos ojos verdes, de Nat King Cole; Sus ojos se cerraron de Carlos Gardel… Neruda afirmaba que su patria estaba en unos ojos y Octavio Paz escribió que eran la patria del relámpago. Los ojos de la niña Sharbat Gula son todo eso y algo más: las ventanas abiertas de par en par de una época bárbara pero poética, como diría alguna vez Ernesto Cardenal.

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