Si quieres la paz prepárate para la guerra. Potente frase de Publio Flavio Vegecio que calza con el momento que estamos viviendo. Durante demasiado tiempo el Perú viene siendo engañado por una mafia progre-caviar-comunista que manipula el país hace ya dos décadas sin haber sido elegida por los votos. Una camorra acostumbrada a fijar la agenda nacional e imponer el pensamiento único, pisoteando el derecho de todos los demás a discrepar y/o a promover sus particulares puntos de vista sobre el quehacer general, violando así las reglas democráticas sobre libertades políticas, individuales, de credo, expresión, opinión. Además, arrogándose la representatividad de la nación esta elite mafiosa decide qué es bueno y qué es malo; qué debe y qué no debe hacer usted, amable lector; cuál peruano es bueno y cuál es malo; qué pensamiento político es bueno y cuál es malo, etc. ¡Bajo esta dictadura sobrevive nuestra sociedad desde hace veinte años! Aunque con mucho mayor prepotencia, desde la llegada a palacio del miserable Vizcarra seguido del judas Sagasti. Es la tiranía de quienes dicen ser los dueños de la verdad y evangelistas del buenismo. Una gavilla que encona con actos criminales a la población, generándole un clima de insistente enfrentamiento envuelto en asonadas antisociales cada día más crispadas y radicales. Consecuencia peligrosa de esta tesitura es la agonía de la Libertad de Prensa en el Perú, focalizada hasta hoy en el pundonoroso canal de televisión Willax y en dos indómitos periodistas: Phillip Butters y Humberto “Beto” Ortiz. Aunque esta espada de Damocles también pende sobre los demás –cada vez menos- medios de información independientes que sobreviven en este desconcertado país.
En estas circunstancias, de forma fáctica, un espurio JNE proclamó el lunes presidente a Pedro Castillo. Jamás compulsó las evidencias de fraude en mesa presentadas por diversas fuentes. Simplemente las endosó a la Fiscalía de la Nación para que “evalúe si corresponde investigar la existencia de hipotéticos delitos”. Pero supongamos que la fiscalía fuese independiente –que no lo es, porque acá ya voló en pedazos el Estado de Derecho- y determine que sí hubo fraude. ¿De qué serviría, si el JNE ya proclamó presidente al beneficiario del fraude? Esto comprueba el complot tramado entre tres miembros del jurado y una candidatura comunista, dolosamente declarada ganadora. De manera que, con justificada razón, la mitad –quizá más- de los peruanos considera que lo que se ha producido es una proclamación desligitimizada de la presidencia de la República. Hecho que ahondará la intensensidad del enfrentamiento sociopolítico, con imprevisibles consecuencias para la nación.
La alianza progre-comunista le ha robado las elecciones a la democracia peruana. De esto que no quepa la menor duda. El país ha quedado en manos de una amalgama de neófitos en cómo gestionar un Estado, de por sí, en cuidados intensivos por culpa de Vizcarra y Sagasti. Hoy corresponde a los demócratas resistir de forma estoica, valiente pero, sobre todo u-ni-ta-ria, los avatares que enfrentaremos en lo sucesivo. ¡La unión hace la fuerza! ¡Unidad ante todo, para frenar las amenazas del marxismo-leninismo!

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